sábado, agosto 03, 2013

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I
Estoy preocupado, anunció el doctor mientras la mano de tu papá encontraba mi frío y entre ambos tratábamos de calmar el miedo que desde entonces se nos instaló. No veo un latido, continuó sin desviar su mirada del aparato que te reflejaba flotando sin voluntad en mi panza. No veo el latido, insistió en su impecable construcción gramatical que me estalla en la metáfora porque los latidos se escuchan, se sienten, no se ven. Eso pensaba mientras tu drama me recorría la espina vertebral. Contigo, semanas antes, supe por primera vez lo importante que era ver al corazón en movimiento; nos daba certeza de que ERAS. Pero esa tarde, mientras el doctor movía el aparato que espiaba tu cuerpo aquí adentro, sólo pude inútilmente inhalar hondo e intentar concentrarme en donde creía que estabas; respirar fuerte, como tratando de despertarte del que sería tu irremediable sueño eterno. Una parte ingenua de mí sentía que, cambiando de posición o dirigiendo toda mi concentración hasta tu cuerpo, de pronto empezarías a nadar como te había visto hacer antes. Por favor, muévete, te daba órdenes como la mamá que ya me empezaba a creer. Intenté todo para demostrarle al doctor que estabas bien, que sólo dormías, pero todos sabíamos que ya no había más, y que sólo se podría regresar el tiempo con lamentaciones: ¿hice algo mal, qué hice mal, doctor?


II

It’s a blessing in disguise,’ me dijeron mientras los ojos se me hinchaban de sal. Sonreí negando internamente, esto jamás podrá ser una bendición, pero repetí la sentencia cuando les informé a tus abuelos que sí, que ‘Dios escribe recto en líneas torcidas’ y que algo bueno habría detrás de tu partida. Fui tu cuna y tu tumba. Tu eternidad sólo conoció mi mundo y, mientras yo pensaba que nadabas en mí, tu entidad diminuta se conformaba con flotar en algún recoveco de mi cuerpo que no te ha querido soltar, que meses después de que me operaran para sacar tus tres centímetros, mi sistema todavía cree que me habitas y no se quiere dar cuenta de que hace mucho, mucho tiempo, tu corazón recién estrenado dejó de latir.

III

Cuando un pedazo de plástico me indicó con los puntos seguiditos que tu presencia era real, y no sólo elucubraciones de mi mente que te deseaba tanto, no pude llorar. Lloramos, eso sí, cuando le di la noticia a tu papá y nos abrazamos. Tal vez, de haber sabido que lloraría tanto tu partida hubiera llorado más tu anuncio, hubiera llorado todo el tiempo de tu ser como para contrarrestar el diluvio que ha sido tu no-ser. Y es que este llanto va con todo el cuerpo, como si tu alma se me estuviera escapando de a poquito por los ojos.

IV

Estoy cansada, en el día me absorbo en tu situación y en las noches no puedo dormir. Y quisiera tener fe, quisiera pensar, como los budistas, que tu espíritu reencarnará y que nos hemos de encontrar en otras circunstancias; o, quizás, que ya estás a un segundo del Nirvana por aparecerte en nuestras vidas y generar tanto amor simplemente por empezar a ser. En cambio sólo puedo enfrascarme en esta fe pontificia que me creció y me obligó a entenderte desde el primer instante como imagen de mi Dios; esta fe que te dio espíritu divino y al mismo tiempo te envía a algún lugar a purgar no sé qué cosas. Prefiero no creer en eso y me gustaría mejor inventarme un dios postmoderno de bolsillo que me permitiera no hacer caso de mis dogmas que me estancan en el dolor. Tal vez por eso me ha costado sonreír en estos días y estoy como estoy: vacía, de emociones, de ti. Luego creo que nada pasó, pero las contracciones rojas y la marca verde de la intravenosa me gritan que esto es real, que no te soñé, que ¿naciste? y moriste en mi centro y por eso me duele hasta el ombligo. Un mecanismo de defensa me grita que tengo que ser fuerte mientras te hunde en el olvido de lo que no fuiste. Y entonces no tengo más remedio que omitirme el luto, obligándome a evaporar las últimas lágrimas que debían recordarme al bebé que quise que fueras con las expectativas de la madre que no fui.

V

Hoy llegaron los resultados de tus análisis. Hoy sé que el camino de tu cuerpo acabó en algún laboratorio de John Hopkins donde elucidaron el diagnóstico que todavía me cuesta trabajo digerir porque yo no sabía que el embarazo podía causar cáncer. Sí, algo había leído en los libros que guían semana a semana el proceso, pero había preferido saltarme las páginas en las que explican las cosas que pueden salir mal; esos capítulos donde mencionan los casos raros como el embarazo molar parcial. Todos insisten y preguntan, dicen que nunca habían escuchado de eso y a mí me sale la grosería por cansancio, porque yo tampoco entiendo bien. Me dan ganas de contestarles que por supuesto que no saben porque esto pasa en uno de cada 1500 casos. Pero contesto lo que voy pudiendo, fastidiada. Preguntan porque no saben, como yo; y yo digo lo que quieren oír, como ellos. Todo va a salir bien, nos decimos todos más para acabar la conversación que para darnos certidumbre. Sé que, como yo, muchos buscan saltarse las páginas incómodas de los libros, y yo, con este diagnóstico de espera y miedos, me he convertido en eso: una incomodidad. Es mejor, bien dicen que el verdadero dolor es el que se vive sin testigos.

VI

El diagnóstico, al menos, deshilvana el tormento de culpas que me iba inventando. Enfermedad trofoblástica gestacional, la lotería inversa que sólo demuestra que la aleatoriedad es así, en esta ocasión me tocó caer en el porcentaje pequeñito negativo, pero con qué cara podría reclamar –a quién-, pues la vida no ha hecho sino rodearme de porcentajes pequeñitos positivos. Ni modo, algo sucedió de origen y no hubo negligencias, de nadie. Nada de lo que hice o pude haber hecho fue causa de tu pérdida, y eso libera; pero tampoco había algo que te hubiera podido rescatar del destino que traías escrito, y eso frustra. Mientras, yo sigo con síntomas de embarazo, nauseas crueles, groseras, que no hacen otra cosa sino recordarme que ya no estás. El dolor físico no le ayuda a la emoción. Todavía no sé qué estoy aprendiendo con esto, qué es lo que voy a ganar, algo será, pero hoy sólo puedo contar las pérdidas porque con tu partida, además, se me fue algo de inocencia.

VII

Al parecer mi cuerpo no recibió el memo y cree que sigue embarazado, lo que aumenta el malestar físico y la angustia de la cercanía con la palabra quimioterapia. Hoy debíamos estar festejando tus seis meses de gestación y yo sólo ruego no tener que iniciar con inyecciones para matar células; mis niveles de la hormona del embarazo –gonadotropina, le llaman- han ido bajando pero no me abandonan. Hace tres meses que sacaron tu cuerpo de mí y yo sigo con síntomas de embarazo, y ahora, además de las contracciones cada tres minutos, también me ha dado por comenzar con dolores premenstruales; el cóctel de la vida femenina pasa simultáneamente por mis días con el maridaje bendito de los analgésicos voraces que siempre me había negado a usar y hoy imploro. Nada más falta empezar con síntomas menopáusicos para tener el paquete completo, bromea tu papá que ha sido fuerte por los tres. Si el nivel de la hormona aumenta un poquito, o se estanca, me toca la primera dosis de quimio, me amenazan los doctores para tranquilizarme, como sabiendo que la psicología inversa es lo mío, como pensando que yo soy capaz de mover mis hormonas a mi antojo. A veces hasta da risa.

VIII

Por primera vez, después de 8 meses, mis pruebas de embarazo salen negativas y eso, irónicamente, me da felicidad. Ya no tengo ni la hormona ni nauseas constantes, sólo contracciones temporales que me empiezan a dar lo mismo porque el riesgo de que se generen tumores cancerígenos es bajo; igual he de ir cada mes durante un año a revisiones, ultrasonidos –diosmeoiga- vacíos y sangre para análisis, pero quejarme es un lujo bajo este escenario, así que me resigno estoicamente a entender que un hijo no es de uno, muy a pesar del posesivo. Quizás lo que me tocaba aprender era que los seres no tienen propiedad, y así como hay existencias que duran cientos de años, hay otras que se quedan en el límite del trimestre. “You belong neither to God nor the state nor me. You belong to yourself and no one else“, le escribió a su hijo no nacido Oriana Falacci y no me queda sino estar de acuerdo. Tú no eras mi bebé, tú eras tuyo y ya. Alguien muy sabio dijo que la fortuna no arrebata sino lo que dio. Me sigues doliendo, pero ya no se me nota; ya puedo ver a otros bebés y sonreír porque sí, porque por fin entiendo que no fuiste una afrenta evolutiva. Eso sí: todavía me molestan las embarazadas que se quejan por náuseas o por no poder tomar alcohol (¡!). Y, aunque creo que ya soy más tolerante a la falta de tacto, insisto en la importancia de una campaña para prohibir preguntas estilo y-ustedes-para-cuándo, o comentarios del tipo ni-lo-estábamos-planeando.

IX

Hoy estaba programada tu llegada y quise venir a despedirme. Y, aunque sé que tu presencia será una constante en mi andar, por fin tengo fuerzas para dejarte ir. Tal vez nunca sepa cuál fue tu propósito. Tal vez siempre se me achique el corazón cuando piense que tu vida nunca conoció el mar, la voz de tu papá, el abrazo de tus abuelos o las risas de tus tíos. Tal vez la parábola está en repetirme hasta el cansancio que ser un padre consiste en enseñar a vivir sin uno, y al revés, a aprender eso, que los hijos llegan cuando quieren y se van cuando necesitan. No lo sé, y tal vez nunca sepa por qué fuiste y no.

He escuchado que a los bebés que nacen después de que sus padres perdieron un embarazo se les llama bebés arcoíris. Entiendo que es un paralelismo con la idea de que después de una tormenta llega algo maravilloso, pero no me gusta el concepto porque es injusto para ti y para tus hermanos en potencia: aceptarlo así sería confinarte en tempestad y agregarles equipaje a otras energías. Prefiero entenderte también como luces, porque tus pocos días cambiaron profundamente mi existencia y me ayudaron a poner mis miedos en perspectiva, y sólo por eso me queda estarte agradecida eternamente, hasta siempre.

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