miércoles, octubre 18, 2017

RébsamenRébsamenRébsamen

A los huracanes se les pone nombre, como para identificar el peligro y personalizar el horror, supongo; a los temblores no, llegan sin aviso y se van sin bautizo. Quizás como ironía de que hay que aprender mucho más, el apellido de uno de los más grandes pedagogos mexicanos me ha repiqueteado tanto en esta sacudida; una tragedia, un drama y mi susto repetían RébsamenRébsamenRébsamen: el inconcebible infierno en una escuela y la lucha de una hija por encontrar a su madre en un edificio en la misma calle donde yo viví el temblor, RébsamenRébsamenRébsamen.
El mundo se nos detuvo moviéndose; en el momento preciso en que encendí el coche, después de ajustar a mi hijo en su asiento y antes de intentar avanzar, la tierra nos indicó su furia y la alarma sólo vino a corroborarnos el terror que ya vivíamos. Tal vez, si no hubiera sentido que el carro se iba a voltear, habría seguido el manual que indica que lo mejor es permanecer adentro, pero no había forma y los tecnicismos se me hicieron nada porque yo necesitaba la contención que tuve al abrazar a mi niño mientras sus tres cuestionadores años me insistían en saber qué estaba pasando. Se está moviendo la tierra, atiné a decirle mientras un perrito, diminuto y asustado, pasaba sobre mis pies y nuestra desesperación. Traté de llevarnos al camellón, donde una señora, prácticamente abrazada a las raíces de una palmera, deseaba rezar pero sólo podía gritarle a su Dios y darle la mano a su ¿nieto? que vociferaba lo que muchos sentíamos: “no me quiero morir, no me quiero morir”; era inútil, las olas que navegaban mi subsuelo se negaban a darnos tregua y así esperamos el suspiro de una eternidad a que pasara el movimiento. A como soy, sin duda yo también me hubiera tirado a la histeria pues las ganas no me faltaron, pero este niño, que en la vida real tiene el don de sacarme de quicio, en la pesadilla tuvo la sensatez de estar a mi lado para mantenerme cuerda y poder ordenarle que me abrazara y que siguiera mis indicaciones sin chistar, fingiendo, claro, porque la verdad es que la única seguridad que tenía era la inseguridad que sentía. ¿Están bien?, les pregunté a los de enfrente cuando nos quedamos estáticos. Asintieron al tiempo que me acerqué a la otra mamá con sus dos niñas y repetí la pregunta como queriendo afirmarme a mí misma que yo estaba bien.
Sería más tarde cuando entendería que la polvareda que nos inundó al regresar al coche era el terror que, a 300 metros de donde estábamos, sufría el 10% de las víctimas mortales de este sismo en la ciudad: mis vecinos. Sería tres semanas después cuando una mamá, a quien me había encontrado el 19 de septiembre en las puertas del kínder, me diría que ella, a 20 pasos de donde estaba yo, había escuchado cómo primero se había caído uno de los edificios y luego los demás. (Fight-or-flight response, le dicen, mi sistema parasimpático engendrado en cadenero de sonidos porque a mi antro sólo entró la nitidez de las voces a mi alrededor, pero ningún ruido ambiental.) Las calles, como todos, seguían en shock cuando avanzamos, y el semáforo tuerto, viéndome con una pestaña destartalada como mi ánimo, chocaba todavía con las chispas que corrían por las ruinas que hasta hacía segundos eran cables de luz. Tres veces rogué que no nos cayeran encima, las tres veces que crucé las calles hasta llegar a donde el pilar de mi vida me dijo, tras el camellón, las palabras que me unieron al cachito de alma que traía suspendida: mi bebita estaba bien, mi mamá también. Lloré cuando la vi llorando y nos abrazamos. Y, mientras intentamos inútilmente saber de los otros amores, arranqué hacia mi departamento para subir los 4 pisos y gritarle a Ceci que saliera conmigo: pero no he lavado las mamilas de la nena, me respondió y sonreímos cuando la abracé mientras cerrábamos el gas y las ganas de seguir en el edificio. No es que no estemos acostumbrados a los temblores; es frecuente decirnos quésustos en medio de alguna banqueta, o de afirmar que el de en turno había estado muy fuerte. Ese mediodía, allí afuera donde estaban casi todos mis vecinos y las gotas de las macetas desvencijadas en los balcones repiqueteaban en los nervios, nadie lo dijo, no hacía falta obviarnos tanto. Se cayó un edificio en Concepción, pasó gritando una vecina mientras el otro, temblando, nos decía que había derrumbes en Gabriel. Con el nudo en la garganta y los ojos vidriosos sólo pude repetir lo que acababa de escuchar en la radio: el epicentro fue en Morelos, por eso no avisó la alarma, carajo. ¡Carajo!
Batallamos un rato para abrir la puerta y, una vez adentro, abrazamos a Lourdes que barría la mezcla de cristales, vidrios, adornos y retazos de yeso hechos miedo. No pudo salir de la casa, sólo sintió la polvareda de las paredes internas del edificio contiguo y rezó y se aferró a un muro y esperó a que alguien llegara. Y, por puro privilegio, así lo hicimos, todos. Antes de las 2 ya estábamos completos, porque esta historia terrible no es nuestra y me da pena llorar cuando la tragedia te toca lejos estando tan cerca. Tan, tan cerca. Tan inmediata que no puedo ni imaginar qué habrá sentido cuando la escalera del edificio, donde estaba en una junta, empezó a soltar de sí; cuando caminó por la Condesa y la Roma hasta que no pudo más y corrió por Medellín, minutos antes de que se viniera abajo un edificio que ya olía a gas; cuando vio cómo sacaban a una bebé de la edad de su hija, casi inconsciente con una herida en la frente; cuando vio el edificio que ya no era, y el alboroto y el no saber y la angustia de nosotros; y al día siguiente, como recuerdo de lo que pudo haber sido y por suerte no fue, encontrar en su cabeza remanentes del cemento de algún escalón. El último en llegar, desde Patriotismo, había tenido suerte de que un taxi medio lo acercara, pero aún así vio y le bastó para echar a volar sus pesadillas y las piernas. Pocas veces nos hemos sentido tan injustamente afortunados porque la desdicha estaba alrededor de nosotros sin tocarnos. Poco podíamos hacer, me ofusqué por media hora intentando llamar al 911 o a los bomberos porque la vecina del edifico de al lado se había quedado atorada; llegaron avanzada la tarde y pudieron mover el librero y las puertas que la tenían encerrada. ¿Qué más? ¿Vaciar despensas, armar comidas, cafés? ¿Preguntar en el albergue de debajo de mi casa, pasar información? Se movió la tierra, abuelito, dictaminó el nieto de mi papá en cuanto lo vio. Sí, tembló, mi niñito, le respondió mi papá. ¿Tembló? ¿De miedo? Y nos reímos porque era eso o volvernos locos.
El despertar de la gente, parecían gritar todos esperanzados, emulando a la bondad que nos surgió por la misma tragedia 32 años antes. Pero además los contrastes. El temblor, quizás, movió también lo mejor y lo peor de quienes lo vivieron. No habían pasado ni dos horas del horror, y los albañiles de la obra de enfrente ya habían regresado a seguir trabajando; nada de sensibilidad de sus patrones: la avaricia de las inmobiliarias conjugada con la irresponsabilidad de las autoridades que se contaban al por mayor en su presencia pero no en su acción. Les tomó diez días después del sismo detener la obra mezquina del edificio del otro lado; diez días durante los cuales, vamos, ni pensar que los empresarios inmobiliarios sugirieran enviar a su gente con sus palas a menos de 300 metros para rescatar a otros, no, ellos siguieron martillando, trayendo camiones pesadísimos de cemento y materiales a una manzana donde, ahora se sabe, van a tener que demoler, al menos, dos edificios. Contrastes, contrastes. Al día siguiente, simplemente porque estábamos en zona bajo resguardo militar, fuimos visitados por muchos para ver si nos encontrábamos bien. Empezaba el mediodía cuando cuatro estudiantes de arquitectura de la UNAM trajeron su juicio voluntario y nos dieron paz: a un muro colindante con un cuarto, un clóset y un baño, el susto le sacó una arrugota de casi 2 metros de largo en 45 grados, y a nosotros las ganas de llorar cada que la vemos. No es estructural, nos consolaron de entrada y dictaminaron explicaciones preliminares mientras jugaban con los niños. A 6 kilómetros de allí, trabajadores de CFE se negaban a reestablecer el servicio de luz en el negocio si no pagábamos para los chescos más caros de la historia de la humanidad. Contrastes, contrastes, contrastes. Esa noche, también, mientras todavía había vida entre los escombros a dos cuadras de mi casa y no se podía pasar de tanto voluntario, vi a un diputado salir con sus maletas, huyendo de la zona de riesgo, ausentándose, quizás como su conciencia. Y la amiga que estudió hace veinte años en el Colegio Rébsamen, reiterándome que sí, que a ella no le cuesta creer todo lo malo que se dice sobre la codicia de la dueña. Entonces lloré de coraje por la existencia invisible de la cachetada con guante blanco porque, si ella, o él u otros políticos, o empresarios inhumanos, o ladrones que robaron pertenencias de los edificios abatidos, o criminales que frente a los edificios caídos aprovecharon el tráfico para robar a mano armada, o jefes prepotentes e inflexibles con quienes no tenían dónde dejar a sus hijos, o superiores en hospitales que regañaron la empatía de la doctora que publicó en redes sociales el deseo del paciente desesperado por saber de su familia, hubieran estado enterrados, seguro habrían abundado manos destrozadas para sacarlos, e inmediatamente me reconcilié con la vida porque sí, con eso prefiero quedarme: con los brazos que cargaron losas y no maletas de vacaciones.
Un sismo interplaca, nos explicarían después, ermitaño y no muy común, pero antes de saberlo y sin consultarles yo nos refugié en casa de mis papás: la palabra réplica me hacia ibid en la cabeza y hacía dos semanas habíamos padecido el temblor de la noche en el cuarto piso y la verdad es que gracias, pero no gracias. Y allí estuvimos 2 noches a la luz de las velas esperando mareados, tratando de dormir, escuchando las intermitencias de las ambulancias, de los helicópteros, de los vidrios barridos y, sobre todo, del crujido de los escombros mezclados con nuestros miedos. La tercera noche regresamos al departamento. ¿Oíste eso?, me preguntó. ¿Fueron aplausos, verdad? Le dije y nos asomamos al desierto de edificios que nos dividían de las dos manzanas del horror. Ojalá, pensamos, rogando porque siguieran sacando gente viva de las ruinas de sus hogares. Esa noche, por fin, pudimos dormir. No quise, no pude ver imágenes de nada los primeros días; bastante me valía con saber que instantáneamente se habían derrumbado por completo 8 edificios en menos de 700 metros radiales de mi vida diaria, y había cientos más en ruinas, suficiente con salir a la calle. Y entonces, involuntariamente, vi una publicación grosera del antes y después en donde ése estaba en primer lugar. ¿Cuántas veces habré subido ese elevador? El primer departamento del primer matrimonio de mi amiga de la que fui dama exclusiva en su boda. Conocer el lugar tan de cerca, saber que en otra dimensión pude haber sido yo y el sinsentido este del narcisismo conversacional que también les metió culpa a mis llantos porque ésta no fue mi tragedia. Por mucho que las imágenes me indicaran que esto les había pegado muy de cerca a mis recuerdos, a mi historia; aunque mi prima no podrá regresar siquiera a sacar sus cosas del edificio que tendrán que demoler, o que su hermano y su familia quién sabe cuándo puedan volver a su casa pues se les metieron a las ventanas las paredes de uno de los pisos del edificio de atrás; por más que Google Maps me rebote el 286 de Álvaro Obregón justo atrás del edificio donde pasé el primer lustro de mi vida. No, éste no ha sido nuestro drama y ante eso sólo queda agradecer y rogar por quienes sí tienen por qué llorar, por los padres, por los hijos, por los deudos de aquí, y también por los de allá donde de por sí.
Pero igual, en mero afán catártico, necesito decir que me duele mi burbuja, que detesto ver que está prohibido el paso por ser zona de riesgo. El perímetro Condesa-Narvarte-Del Valle en gran medida ha definido quién soy y no es broma cuando digo que siento cariño por mis calles, por estas tres colonias donde he vivido, a donde he traído a vivir a mis hijos y de donde no me quiero ir. Estos tres barrios que sufrieron tanto con este temblor, que lo siguen padeciendo y cuya desolación se nos respira en la cara. He vivido en otras ciudades, pero aquí, con todo y todo, tengo mi ancla y cuando hablo de estas tres las siento casi como si fueran un familiar, y tal vez. En la Condesa, por ejemplo, están mis primeros cinco años de vida y todas las tardes de mi infancia; están mis sábados familiares y los fines de bares; allí aprendí a nadar, a patinar, a tomar café. Estaba Don Hilario con nuestras bicicletas listas para ir a visitar a la tortuga del parque y darles de comer a los patos. La Condesa me sabe a michelada, a arroz con leche y a canción porque no puedo sino asociarla con las manos de mis abuelas enhebrándonos historias y felicidad. ¡Cómo no voy a adorar a la Condesa si mucho antes de hacerse hippie, fresa, cool o hípster, era mi moda! Siempre lo ha sido. Y ni qué decir de mis otras dos que son una. Respiro sus olores a tortillería, a estética, a tintorería y a gimnasios desproporcionados; en estas más de tres décadas que he vivido mis colonias, he visto a las tienditas de la esquina hacerse cafés y a las papelerías transformadas en Oxxos; a las casas de los abuelos de mis amigos convertidas en edificios de 6 pisos con roof garden y a los carriles de las calles reducirse a bolarditos. Aquí, en esta parte tan entrañable del planeta, aprendí a leer y a hacer amigos. Y yo no me quiero ir. El éxodo a mi alrededor es abrumador, pero yo no me quiero ir. Por eso también he llorado estas desdichas adyacentes, aunque no me pertenezcan. Por eso, y porque tenemos al ejército y a la Marina afuera de casa; y el polvo en todos lados, y el ardor de ojos, y los mocos y la tos y las molestias idiotas que no hacen sino recordarnos el desamparo de al lado.

E incluso con todo lo malo yo no me quiero ir; he vivido aquí, más en carne ajena que en propia -pero algo también- los horrores que muchos en esta ciudad; y he padecido casi todos los temblores en estos borradores de un lago prehistórico, como este que, para mí que viví también aquí el ‘85, es el que se ha sentido peor, quizás porque en el otro era una niña y ahora soy yo quien tiene niños. La explicación me ha rebotado en ironías: mi maestro de Física en la secundaria quedó huérfano en el primer 19S. Él fue quien nos enseñó los conceptos que ahora revolucionan a los medios de comunicación y a mi mente olvidadiza porque, nos dicen, el de hace 32 años fue de más magnitud (energía liberada en el epicentro), pero la intensidad (la propagación de esta energía en el subsuelo) de éste, debido a la aceleración que se sintió, fue mayor, explicó la UNAM; eso, aunado en algunos casos a la corrupción desidia de las autoridades que ha fomentado permitido una explotación desmedida del subsuelo ocasionó que los edificios viejos claudicaran; la caída de los nuevos de plano sí nada más la explica la mezquindad. El meollo del asunto, reclaman los expertos, es que seguirá temblando y que, si se siguieran los reglamentos de construcción y si se respetara una planeación decente de las ciudades, no tendría por qué morir gente. Se aplaude el que, 30 años, no, menos, 32 años después, exista el concepto de protección civil, de simulacro y demás; pero el nuevo 19S nos dejó muchas tareas, como la de exigir que no se siga sobrexplotando el subsuelo, como la proscripción del uso de tacones o calzado que impida un desalojo rápido, o el control ciudadano en la administración de recursos de reconstrucción (El movimiento Nosotrxs trae una propuesta interesantísima para la creación de un Fondo Único). Deseo con todo mi futuro que estos desastres no sólo sean calamidad sino factores que contribuyan a acelerar el desarrollo del espíritu democrático que venimos soñando, porque nada será normal de nuevo y vivir en pirámides que no se caigan no es opción. Tenemos mucho que aprender todavía y por eso espero que tu nombre, Enrique Rébsamen, siga siendo recordado como ejemplo educativo y no como catástrofe.

martes, octubre 01, 2013

El Tigre y el Tragón - La Capital del Norte

Beijing
Beijing nos recibió lloviendo, con un olor tóxico al salir del aeropuerto y con la noche a cuestas, pero eso no mermó nuestra emoción de vivir la capital del norte, así que salimos a saciar nuestra hambre en un lugar de hot-pot. La aventura en los restaurantes chinos había estado muy controlada hasta entonces: o bien comíamos en algún buffet que mezclaba conceptos de varios mundos, o encontrábamos menús con fotos que indicaban precios en números arábigos y alimentos explícitos en imágenes y en traducciones al inglés: cerebros de cerdo asados, alacrancitos sobre una cama de arroz,  gusanos de seda fritos, y por el estilo. Eso nos había permitido eximirnos de las vergüenzas de no saber ni qué pedir y cómodamente conformarnos con los pollos, las reses y demás animales reconocidos por el paladar, o aventurarnos por nuevas fronteras seguras como sopa de raíz de loto o de aleta de tiburón. Por eso no habíamos tenido la necesidad de usar el diccionario de expresiones básicas que la mami había impreso, o la aplicación del teléfono que traducía nuestras comandas al pinyin. Esa noche, en cambio, logramos hacernos entender medio a señas y medio metiéndonos en la cocina para pedir una olla hirviendo de caldo de hongos a la cual le fuimos echando, poco a poco, trozos de carne fina y cruda para cocer en el potaje. La delicia salada nos dejó espacio para algo dulce y, según nuestra astucia y la aplicación del teléfono que ya nos había hecho acreedores de tenedores, servilletas y demás menesteres, asimilamos que nos haría exitosos también al pedir un postre. El concepto seguramente fue distorsionado pues a nuestra mesa llegó una bandeja de sándwiches de jamón y queso amarillo que, aunque hizo felices a algunos comensales que han decidido instaurar sandwichitos salados como nuevo postre, a otros nos dejó perplejos y tuvimos que reclamar en la cocina trayéndonos al menos una sandía a la mesa, aunque la sopita de frijoles dulces hubiera estado en orden, pero aquello ya era mucho pedir. Entre risas indescifrables de ambos bandos nos despedimos agachando la cabeza en señal de respeto y regresamos victoriosos a descansar después de la confusión.
Sorprenden las calles en China, al menos las que recorrimos no tenían el lujo de los baches o de los espectaculares malcriados que nos invaden a 12,000 km de distancia. Había letreros en led dentro de las ventanas de los edificios, quizás anunciando rentas o ventas de inmuebles. Vimos también anuncios en el transporte público (especialmente muchos de lujos en una sociedad tremenda y recientemente desigual), pero no nos los topábamos en las bardas de las calles o enganchados suciamente a los edificios; tampoco había luces colgantes ni cables amenazantes y entonces todo se veía más amplio de lo que de por sí era descomunal, empezando por los nuevos inmuebles. Nuestro guía en Beijing, Manolo, nos había advertido que la contaminación estaba fatal, así que lo mejor era que estuviéramos el mínimo tiempo en el exterior y con cubre bocas. Así lo hicimos y, si de por sí nuestro fenotipo era innegable, con los tapabocas causábamos entre curiosidad y pena ajena, pero obedientemente nos mantuvimos dizque resguardando los pulmones mientras recorrimos las joyas de Beijing. Una pantalla gigante que proyectaba un sol añorado en ese cielo poco poroso sobresalía de entre la neblina que formaba el smog mientras las cámaras de vigilancia o los policías encubiertos intimidaron a Manolo, quien, mientras contaba algunas anécdotas de todos conocidas sobre la resistencia en Tiananmen, de pronto decidió autocensurarse y confesarnos que prefería hablar de ciertos temas dentro del coche y no allí – empecé a pensar, quizás, que los tapabocas habían sido mera estrategia para mantenernos callados, y no protegidos de toxinas. No sabremos nunca qué fue lo que motivó a nuestro mongol favorito al silencio, pero lo que sí supimos es que él prefirió no hablar más de política, ni en exteriores ni en interiores; adiós a las historias interesantísimas que nos había contado acerca del falun gong, de la revolución del lotus blanco, o sobre cómo su apoyo al régimen totalitario era por mera practicidad pues pa’ la cantidad de almas, concluía, la logística electoral se conjeturaba titánica, ni modo. De lo que sí hablamos fue de la muy cercana pérdida de la palabra primo en el vocabulario nacional a consecuencia de las limitantes del hijo único. De cómo en 1979, derivado del miedo de que la demasía de almas generaría una carestía de recursos, una generación quedaría marcada por el desbalance genérico que implicó la frase de “una familia, un hijo” pues la gente, obligada a tener un solo heredero, se inclinó por elegir varones a cambio de una niña que implicaría un futuro incierto pues es costumbre que la mujer al casarse deje de pertenecer a su familia para integrarse a la de su marido, sin contar con que en el campo son los varones quienes ayudan a sus padres. Más allá de la tragedia psicológica que debió de haber representado el abortar, abandonar y en casos extremos matar a las niñas que llegaban como mal porvenir, los padres pronto se encontrarían con una nueva paradoja: sus adorados varoncitos no hallaban mujercita que les perpetuara la especie. Y, si nos ponemos intensos podríamos traer las consecuencias de la ley al presente y extrapolarla en trata de personas, pero no se trata de hacer una oda a la depresión. En cambio hay que decir que se estima que la política de Mao evitó el nacimiento de cerca de 300 millones de personas; así de brutal. Y, por si fuera poco, en este desbalance genérico un mexicoamericano -“so strong” le piropearon sus pectorales paleos- estuvo a punto de poner la balanza en más desfavor al ligarse a la chinita de la fábrica de perlas.
Estábamos en Tiananmen donde Mao (quien tuvo 3 hermanos y 10 hijos) nos miraba, pequeño y evidente frente a las construcciones cuadradas y grises de la era comunista, custodiando, irónicamente, los lujos de un pasado desigual que se les vuelve presente a pasos rápidos y agigantados. Las sedas, los mármoles, los oros, los brocados, las estelas y la inmensidad de la Ciudad Prohibida se nos presentaron como un espejismo, una ironía, quizás, entre la multitud de almas que hoy por fin tienen acceso por minutos a un palacio imperial y a un pasado que legendariamente les era clandestino hasta pensar. Y eso, gentío fue también lo que vivimos en El Palacio de Verano, en el Templo del Cielo, en todos lados. Hordas de turistas nacionales y extranjeros asombrados por los jardines imperiales, los monumentos y los otros. Algunos representantes del turismo local veían a los “ojos redondos” como la exoticidad máxima, como la familia que decidió pedirles prestado a los ingleses al infante rubio que, en brazos ajenos posó para la foto de los felices chinos. O nosotros mismos cuando el grupo de chinitas de secundaria se acercó y nos pidió una foto con ellas y, mientras una posaba normalmente, dos de ellas decidieron que no era suficiente, así que hicieron de mis brazos lo que quisieron y al final estaba yo abrazando a las dos adolescentes que sonreían felices haciendo una “V” con los dedos índice y de en medio. Esa seña hippie de amor y paz que se ha convertido en requisito oriental que antecede al flashazo.
De igual forma a nosotros nos parecía extrema la moda de los caballeros que iban con la panza de fuera; quizás por el calor intenso o simplemente pa’ presumir el mal cuerpo, a un gran número de señores se les hacía fácil levantarse la camisa/playera/camiseta hasta las axilas y exhibir el torso en lo que resulta, aparentemente, una cortesía para no quitarse completamente la ropa. Bang-ye, o abuelos expuestos, es el nombre de la práctica. Vamos, hasta tuvimos el destriunfe de compartir techo con un comensal que en la mesa contigua decidió que hacía demasiado calor y en medio de su tercer dim sum de plano se deslindó de su camisa; a decir verdad, bajo esas premisas el bang-ye se nos aparecía como la máxima cortesía. No obstante, la panza no es lo único que lucen, también caben mi asombro y mis respetos para el uso que se les da a las piernas como sillas portátiles. Sólo es cuestión de pasar por un parque o caminar un poco para darse cuenta de cuántos locales descansan, socializan, comen o juegan en cuclillas.
Cuentan las malas lenguas que la reeducación del pueblo ha sido bastante ciclotímica pues, con la revolución cultural, los modales burgueses eran repudiados, pero con la apertura económica de finales del siglo XX y, sobre todo con las Olimpiadas de 2008, las autoridades han intentado reprogramar a la población. Sin embargo, no es raro que en los sitios turísticos se encuentren todavía muchas de estas actividades occidentalmente reprobables (como la presunción de panza), pues el memo que lanzaron dudo que haya tenido resonancia en comunidades rurales o en zonas apartadas de las grandes ciudades (cerca de la mitad de la población) y actualmente el turismo nacional es una actividad cotidiana. De cualquier forma causa conmoción para nuestros espíritus occidentales cuando el espacio vital se ve invadido, o cuando las filas que uno cree que está respetando de pronto son asaltadas y uno pierde el lugar que cree propio. Aunque en realidad todo es falta de comunicación porque, como nos dijeron para mi alarma, en mandarín no existe una sola palabra que se asemeje al concepto de privacidad. En cambio, el sentido de comunidad se respira -en medio del smog y de las súper carreteras- en las vecindades o hutongs, en los parques, donde es fácil ver a los hombres jugando damas (chinas) y a grupos inmensos de mujeres bailando en perfecta coreografía desde música tecno hasta tradicional, o practicando tai-chi. O reuniéndose en los muy nutridos centros comerciales que se han creado quizás un poco para resarcir décadas comunistas o para olvidarse de que en el exterior ya no se ve el cielo por la nata de desechos industriales que, de igual forma busca recuperar los años “perdidos” que las demás naciones han empleado en alimentar necesidades inventadas de la modernidad. En uno de esos centros, el afamado Palacio de la Seda (que nomás de nombre porque no es ni una cosa ni está hecho de la otra), nos liberaron para regatear y recibir masajes de pies. Necesitábamos ambos ya que previamente habíamos paseado por el Templo del Cielo y nos habíamos entregado al chiste: en teoría hay un mural del eco desde donde, aunque se hable con murmullos, se es escuchado en el otro extremo. Así ensayamos y ensayamos imitando lo que creíamos decían los demás “chingüengüenchón, chingüengüenchón”; imposible, quizás nuestra mala interpretación del mandarín nos hizo acreedores del desdén porque no logramos dar con el propósito, aunque igual nos divertimos y medio logramos un público que se rió de con nosotros.
El último día los astros se alinearon para que la lluvia de los días previos alejara buena parte de la contaminación y secara la humedad que nos hubiera impedido subirla. Quienes la vimos por primera vez gritamos como chiquitos lo evidente: ¡ahí está, ahí está! Y, entre la sorpresa al descubrir sus escalinatas y muros grises que en mi imaginación eran color arena, la emoción fue dando paso a otro paso y a otro y a otro hasta que mi energía física se vio sobrepasada por mis ánimos y pedí una tregua en la segunda torre de vigilancia; no subí más porque la vida no me dio para tanto y preferí respirar aquél aire al que le sentí la mayor pureza porque hasta reflejaba la luna creciente al mediodía, o quizás mi cuerpo prefirió seguir en la lela admirando el contraste y la armonía entre los verdes de la naturaleza y esta tremenda construcción que simbolizaba algo aún más colosal: el miedo que nos tenemos los seres humanos - desde hace más de 2000 años, desde siempre, quizás. En alguna otra circunstancia me hubiera dado pena aceptar que bajé la muralla china de sentón, pero literal, a esas alturas ya qué. Después de una de las más esperadas atracciones del viaje, por supuesto que nos quedaba comer en las ya tradicionales mesas redondas con tablón giratorio y shots insostenibles de baijiu para dirigirnos medio crudos a las Tumbas Ming y a las instalaciones olímpicas que, después de las bellezas que nos había regalado el día, parecían algo sosas, gigantes, desde luego, pero simplonas y deslucidas de tanto acero. Lo que definitivamente fue todo menos escueto fue el espectáculo de acrobacia que, entre las dosis de cervezas Tsingtao, nos dejó admirados más allá del Cirque du Soleil. El gigante ha despertado, suelen amenazar muchos, pero a mí sólo me queda pensar que, después de la probadita que tuvimos, China lo que más transmite es una inmensa fascinación: dormida o despierta, comunista o como está. Xie xie, China, zai jian!





lunes, septiembre 30, 2013

El Tigre y el Tragón - 2

SUZHOU
La siguiente ciudad que conocimos fue Suzhou, o la mal llamada Venecia del Oriente (¡ah, esta tradición Occidental de creer que el continente más viejo es Europa y que el resto del mundo ha de encontrar paralelismos con ellos uno y no al revés!). Pues bien, Suzhou fue fundada en 514 antes de Cristo (Venecia en el siglo V de esta era) y tiene 10.8 millones de almas (en Venecia hay 280,000). Y, más allá de tener canales, habitantes y ser puntos de comercio históricamente vitales, la comparación está fuera de lugar. Pero Venecia qué culpa, si bien decía mi abuelita que el cariño no se agota y para las ciudades también hay, así que no peleemos más por mottos innecesarios. Quizás sea eso, que para vender mejor una ciudad exótica es necesario acercarla a lo-conocido™; muy como lo que nos explicaban que sucede con las personas, y es que los chinos que tienen tratos o queveres con occidentales cambian su nombre y adquieren una nueva identidad pronunciable al cliente. Yo todavía no me decido si esto resulta ser un acto cuestionablemente colonial o fundamentalmente práctico, pero nuestros guías -que dominaban el castellano salvo por regionalismos tipo “chinchulín”- afirman haberse auto-asignado sus nombres occidentales y entonces Alex (que no Alejandro), Manolo (que no Manuel) y Paloma; además de Bambú, la organizadora. Se rumora, también, que muchos se autonombran Chopin, Rockstar, Happy, Ferrari, Chanel o similares (¿ya hice suficiente hincapié en “autonombran”? Todo un tema).
En Suzhou nos alcanzó el día para enloquecer de perfección en un jardín de Bonsáis; perdernos en un bosque de bambús; descubrir una pagoda involuntariamente inclinada (no me reten, no voy a hacer comparaciones con más cosas italianas); ir a una fábrica-museo del producto por excelencia chino y aprender que los gusanos vomitan la seda para hacer sus capullos; jurar que ésas serían las últimas cosas que compraríamos porque qué crueldad lo de meter en agua hirviendo a los pobres gusanos para que el capullito salga más fácilmente; romper la promesa y comprar que si la camisa, que si el vestido, que si… ¡pobres orugas!; subirnos en un bote compartido por cormoranes que trabajan ayudando a los pescadores; tomar un almuerzo buffet mixto (en donde uno se sirve primero chino y luego internacional y así, o al revés); hacer compras de recuerditos de pánico porque ya nos quedaba poco tiempo para tomar el tren de regreso; tomar el tren de regreso; y salir bien en las fotos. Cuál “Venecia del Oriente”, si a Suzhou deberían de llamarla la “Marte de la Tierra” porque hasta parece que sus días son de 40 horas; si no estuviera tan lejos yo sí me iba mudando, a ver si así rinden mejor los días.   





Hangzhou
La humedad y el calor veraniegos de Hangzhou no existen para tomarse a la ligera. Por eso a una le da por tomar agua como si no hubiera mañana y sólo falta esperar una hora para hacerse acreedora de las consecuencias, y así fue como conocí por primera vez los baños públicos chinos (sin contar las freseses de hoteles y restaurantes, no, no).  Estábamos llegando al templo del Buda feliz –o el mal llamado Templo del Alma Escondida- cuando no pude más, por favor, mi vejiga va a explotar. Esa mañana a mi alma escondida le dio por encontrarse y decidir que me convenía usar vestido, de lo contrario, hubiera sido aún más tortuoso lidiar con un pantalón mientras trataba de colocar mis pies encima de las huellas de cemento colocadas a los lados del hoyo letrinoso; esos eran los únicos puntos de apoyo, ya estaba resignada, ni siquiera pedía una taza sanitaria o medio asiento, pero si tan sólo hubiera habido un esbozo de agarradera para sostener los brazos mientras buscaba la posición menos mojadora… nada, allí sólo había un círculo de 10 cm de diámetro que anunciaba muchas pesadillas, y las dos huellas, ésas sí, gigantes, dizque para agarrar bien la posición de cuclillas. Al final salí victoriosa de la prueba de aguilita anti-artríticos, pero allí no acabaría mi cruzada contra los baños no occidentales, en eso sí, me perdonarán, pero veo un inmenso adelanto civilizatorio, particularmente en materia de derechos para las mujeres. ¡Cómo puede ser que en aeropuertos, terminales de trenes y demás lugares públicos no hayan adoptado al bendito inodoro! Y, si en un baño hay 20 compartimentos individuales, Murphy vendrá a saludar con una proporción de 18 letrinas por cada 2 retretes y nada de fila para las primeras, pero al menos 10 minutos para gozar del solaz que implica poderse sentar en el trono. Eso sí, debo agradecer que, quizás traer un qi positivo ayudó a no toparnos con baños de los que se rumora ni siquiera cuentan con divisiones y uno ha de compartir hasta la privacidad entre letrinas.
Quizás por todo el show escatológico nos causó tanta conmoción ver al segundo niño-bebé usando kaidangkous; la primera vez que lo vimos nos llamó la atención y simplemente lo comentamos como dato curioso, la segunda supusimos que el primer caso no había sido atípico: a los infantes les hacen una rajadita en los pantalones para facilitar las deposiciones. Aparentemente los pañales son cosa capitalistísima y, aparte de que los desechables tardan siglos en desintegrarse y los de tela hay que lavarlos y desinfectarlos, los kaidangkous facilitan el entrenamiento de esfínteres. Habría, tal vez, algo de moraleja en el uso sustentable del kaidangkou, pensaba justo cuando, irónicamente, a mi lado una madre sostenía a su hijo mientras sus fluidos corporales iban a dar directamente a la flamante banqueta; al instante, mi espíritu de solidaridad ecológica se desvaneció hasta hoy. En cambio, lo que permaneció durante todo el viaje fue el estado de alerta pues había que estar pendientes de lo que uno pudiera pisar y de no pasar inoportunamente junto a alguien que decidiera escupir porque, si hubo algún sonido perturbador durante la experiencia China, desde luego fue aquél que se anuncia ante la preparación del gargajo que, inminentemente, terminará por desembocar fuera del portador y muy alarmantemente cerca del turista más incauto. Pero nosotros estábamos en Hangzhou, donde el sonido encantador que dominaba venía de los árboles colmados de cigarras que desbancaban el atolondre de los coches y los gritos de la gente que, en viernes por la tarde, se aglutinaba frente al Lago del Oeste. Y nosotros somos gente y allí estábamos, buscando, para variar, un lugar dónde comer que no fueran los KFCs abundantes porque en la ciudad que lo creó había que comer pollo del pordiosero, no frito.
Y comimos y tomamos helado comparando la imagen del billete de 1 yuan con las tres pagoditas reflejo de la luna que teníamos enfrente. Allí, subidos en un crucero mínimo que nos pasó al otro lado del lago y que nos llenó de lotos y sauces, entendí por qué Marco Polo la nombró como el Paraíso en la Tierra. Aunque el paraíso es un concepto que cuesta caro; muy machines le habíamos dicho a la guía, no te preocupes, Paloma, déjanos en el Lago del Oeste, no pasa nada, nosotros pasearemos y cenaremos y tomaremos taxis y encontraremos fácilmente el camino de regreso. Ajá, paseamos, cenamos, pero intentamos ingenuamente y en diferentes avenidas detener un taxi a la usanza occidental, media hora y nada, sólo cansancio en crecimiento exponencial en medio de calles con múltiples pasos peatonales, bicicletas y desorden coordinado. No, en China no es fácil aplicar la neoyorquina, ni para caminar ni para extender el brazo y obtener transportación, por eso mejor caminamos a un hotel para que, en inglés, nos consiguieran un taxi que nos llevara a nuestro hotel. Y al día siguiente en inglés también visitamos el museo de la medicina tradicional china, donde sacamos nuestro lado más turista al poner cara de fuchi con los menjurjes milenarios: vino de serpiente para la miopía, 800 dólares la botella; pene de venado para mejorar la energía masculina, 100 dólares la pieza; nido de golondrinas para el aparato digestivo, 2,000 dólares el kilo; córdiceps -un hongo que momifica al gusano que lo ingiere y cuyas propiedades aparentemente mejoran ciertas condiciones cardiacas-, ¡30,000 dólares el kilo!, y uno agradece no tener cardiopatías porque nomás con saber el precio a uno casi casi le provoca el infarto. No hay manera de enfermarse en China, me repetían al unísono mi asco y mi codo, por favor Diosito, Budita, que no haya manera. 


Por eso agradecimos tanto la prevención desintoxicante que nos ofreció el explorar los campos de té verde de Longjing. Allí aprendimos que para tomar té no basta con sentarse a las 5 de la tarde y hervir una infusión; en su versión más primitiva y real, el ritual consiste en cosechar, secar y tostar las hojas que han de servirse en un recipiente de vidrio con agua hirviendo, un vaso sin asas es lo mejor. La primera tanda de agua que se les echa a las hojas es desechada ya que sólo sirve para limpiarlas, por lo que es necesaria una segunda ronda y, entonces sí, esperar a que las hojas vayan bajando; una vez que la mayoría se encuentre en la base del vaso, el té está listo para ser ingerido. Además de ser bebido, el té sirve para humidificar los ojos, así que muy obedientes todos acercamos los ojitos a los vasos y, en efecto, reconstituimos un poco la vista antes de tomarnos un traguito de paz.

Nos despedimos de Hangzhou con el incienso de la Pagoda de las 6 armonías y la sensación de que dejábamos atrás a una ciudad llena de Walmarts y dejos campiranos en 21 millones de habitantes. En el trayecto hacia el aeropuerto no pudimos sino pegarnos a las ventanas de la camioneta: ¿ese hotel se llama Haiyatt?, ¿viste esa tienda con el logo de H&M transformado en H&L? El esplendor de la piratería nos daba una probadita de lo que veríamos en la capital de la República Popular, pero para llegar a Beijing tuvimos que experimentar, también, la impuntualidad que, supimos después, es la norma de los vuelos chinos, y la experiencia de lidiar con infantes de más de 60 años dentro del avión. Señor, por favor enderece su asiento, supongo que le insistía la azafata al hombre de la fila anterior; y lo enderezaba sólo para volverlo a reclinar en cuanto la mujer se iba. Esto multiplicado a fácilmente el 30% de la población del vehículo y extrapolado a toda la duración del trayecto y aquello era un caos que se volvía más amenazador cuando se escuchaba, casi en el oído, la preparación de un escupitajo en el asiento de al lado. ¿Y ya mencioné que fueron dos horas de retraso dentro de un avión estático sin aire acondicionado? Y a ver quién me critica, entonces, que haya aplaudido con más intensidad cuando el avión empezó a levantarse que con cualquier concierto que haya pasado por mi existencia. 

viernes, septiembre 27, 2013

El Tigre y el Tragón 1

SHANGHÁI
Shanghái nos abrió el itinerario chino a mediodía, y después de respirar la modernidad y lo espacioso de lo que posteriormente notaríamos como normalidad en los aeropuertos internacionales chinos, pudimos incorporarnos a la terminal del Maglev: el tren de alta velocidad con levitación magnética que conecta el aeropuerto de Pudong con el centro de la ciudad. Sobre 400 kilómetros de velocidad nos pasaban en el aire disfrazados de asientos azules y de paz mental de que el tráfico nos haría los mandados. Habíamos acordado con el tour algo de independencia con tal de tener la experiencia del tren, por lo que decidimos mejor que nuestro guía nos recibiera saliendo de la estación. Todo sonaba a sueño en papel hasta que nos enfrentamos a la sorpresa de que, no, el guía no pasaba a recogernos mientras lo que sí había pasado ya eran tres cuartos de hora. No había cómo hacernos entender; Bambú, la organizadora del tour, nos había dado un número para llamarla si teníamos algún problema, había advertido, también, que junto a la estación del tren rápido había una de metro, que buscáramos allí un teléfono para localizarla. Pero Bambú no contó con que nuestro mandarín iba en términos negativos y con que no habría nadie disponible a la hora del almuerzo para orientar a los cinco ojos-de-vaca con su maleterío y sus ganas de aventura organizada. La solución se me vino xenófoba y nacamente cuando de pronto visualicé a una rubia; ella rió al verme correr hacia donde estaba y aceptó que no había sido la primera turista incauta que se le acercaba a pedir ayuda y, con su mandarín en ciernes, fue capaz de solucionarnos el estrés al acercarnos a la cabina telefónica que estaba dentro de un comercio de fritangas al que jamás le hubiera visto cara de telecomunicación. Allí, incluso, se apalabró con el locatario, me pidió algo de dinero y concertaron la llamada que nos indicaría que el tráfico había sorprendido a nuestra camioneta, pero que el guía estaría con nosotros en unos pocos minutos. Así fue y, tras el susto de sentirnos perdidos en una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, pudimos empezar a palpar las luces y los sabores de este mundo ecléctico y fascinante que se dice China. ¡Nihao!

El trabajo del tour por ese día consistía simplemente en trasladarnos al hotel e instalarnos. Así que, después de la sorpresa de encontrar máscaras anti-gas (¡!) en las repisas de arriba de los clósets, y una vez armados con los paraguas que sabiamente proporcionaban en los cuartos, procedimos a caminar por una de las calles peatonales más excéntricas de las que se tengan memoria. Pero voy muy rápido, en realidad el folclor estaba a 12 pisos para arriba, desde donde se apreciaban perfectamente los cruces peatonales de 5 puntos, como estrellas de David vivientes que nadie respeta porque, milagrosamente, todos: coches, bicicletas, peatones, carriolas, perros, todos se movían y compartían la calle en un extraño comunismo barroco y con una sincronización caótica que, quizás, solo el turista quisquilloso sea el único en notar. Y eso que nosotros no es que vengamos de una ciudad donde reine la paz y la cordialidad vial. Como sea nos animamos y cruzamos las calles, eso sí, pegados a algún local. Así fue como dimos con Nanjin Road y sus 5 km peatonales de tiendas neones post-comunistas. Un centro comercial de 4 pisos nos recibió entre muestras de perfumes y productos inciertamente originales; y, por fin, después de subir la tercera escalinata eléctrica y de pasar por un supermercado dudosamente occidental, llegamos al escaparate de los patos despellejados, colgados como ahorcados y mostrados cual excelso manjar. Y sí, mientras uno no volteara a analizar el cementerio que habría de fungir de cena, el pato laqueado estilo fast food resultó un placer. (Sigo creyendo que pocas cosas son tan suculentamente crueles como el lechón de Segovia, pero a otro loco con ese cuento).
Al día siguiente pasarían relativamente temprano por nosotros, pero una mención merece la experiencia del desayuno multicultural al que fuimos acreedores por seleccionar un paquete buffet para el viaje. Bastó una noche para aprender que bien valía levantarse una hora antes si existía la posibilidad de desayunar occidentalmente hot cakes con nutella y huevos estrellados, y combinar con localidades tipo sopas de fideos con múltiples combinaciones, desde anchoas y hongos de formas sugerentes hasta incertidumbres que, para ser honestos, eran una delicia. Nada como iniciar el día con un bocadito de charales o de unos dulces frijoles rojos con apariencia de avena de marte. O quizás obtener lo mejor de ambos mundos al untarle pasta de ajonjolí a los waffles y rematarlos con alguna fruta exótica. Suficiente recarga de energía para adentrarnos en la humedad veraniega de Shanghái y conocer las joyas de la ciudad envueltas primero en el barrio viejo y sus jardines Yuyuán. La lluvia, en lugar de hacernos mal tercio, nos hizo sentir como en casa y ayudó a que otros turistas sensatos se escondieran y nos dejaran conocer las delicias de la ciudad a nuestras anchas. Así recorrimos las diminutas tiendas de recuerditos y sedas escondidas en los portales de madera roja y techos de cerámica ondulante. Jugamos a probarnos batas con dragones rojos y peonías mientras soñamos en el pasado de esta ciudad dual que acentúa la tradición china en medio de un estanque de puentes en zigzag para ahuyentar a los malos espíritus que se evaporan al acercarse a la casa de té; una ciudad vieja que mezcla Pradas con partidos comunistas; que enmarca al Templo del Buda de Jade con tiendas de baratijas y que tiene lirios que saludan oliendo a Starbucks.Teníamos la tarde libre ya que Alex pasaría después por nosotros para llevarnos sanos y salvos al hotel, así que decidimos pasear un poco por los alrededores de la concesión francesa y regresar al punto de reunión en la ciudad antigua. Íbamos pasmados con las imágenes de la gente ejercitándose en los gimnasios de los parques cuando decidimos dar una vuelta en una calle que funcionaría como atajo. Veníamos siguiendo el camino que nos indicaba el GPS del teléfono, cuando fue imposible concentrarse en otra cosa que no fuera escapar de allí. Los vendedores de fritangas insistían, promoviéndonos en la cara las banderillas que otros comían como una exquisitez. Quizás nunca he sido tan grosera como en ese momento, pero aquél olor era, posiblemente, lo más intenso que mi nariz impolítica hubiera experimentado. Una vez que logramos estar los cinco reunidos en la otra esquina de la calle, nos fuimos reagrupando y con cara de shock regresamos la mirada al pasillo donde gente en Maserattis y simples transeúntes se reunían para probar lo que, sin duda, habría sido un manjar para otro paladar. Uno quizás más educado o sin conexiones olfativas. Poco tiempo después, una novela que transcurre en Shanghái me regaló la descripción de aquel tufo único: “I cover my nose with a lavender-scented handkerchief to help block the smells of death, sewage, rancid cooking oil, and raw meat for sale spoiling in the heat.” Eso, un pañuelo con lavanda era lo que hubiéramos necesitado.Por suerte los dos leones que vislumbrábamos a lo lejos nos dieron la certeza de que las aventuras extremas del día habían llegado a su fin. En muchos edificios y espacios públicos o privados se colocan dos estatuas de leones protectores a la entrada, el macho encargándose de una esfera, como un mundo (jugando o pisoteándolo, quizás sin metáfora intencional) y, la hembra, para variar, procurando a un cachorro. Quizás las estatuas lo que en realidad resguardan es a la sociedad patriarcal, pensaba mi feminismo. Sin embargo ha habido guerras y han padecido invasiones, y el rencor a la más reciente, la japonesa, se hace evidente en los museos, memoriales y en los comentarios de la gente: si hubiera una guerra con Japón y durara poco tiempo, ellos ganarían por la tecnología; pero si la guerra se extendiera por periodos prolongados, los chinos arrasarían por mayoría. Pero más de 70 años nos separaban de los conflictos internacionales y, por lo menos en los jardines de Yuyuán, era un placer respirar un poquito de la belleza china, y entender la armonía y el feng shui y saberse parte de un todo. Y allí, entre los cuatro elementos que equilibran las rocas, los dragones, las maderas y los lagos de la casa-jardín de 1557, Alex, nuestro guía, nos enseñó  a contar hasta 10 con una sola mano, haciendo ver la doble mano occidental como una torpeza: del uno al 5 se usan los dedos de una mano y, a diferencia de los rebuscados como uno, allá continúan la digitalización y no necesitan dos manos para señalar los que siguen. Así, el seis es una especie de cuernito formado por el dedo pulgar y el meñique; el siete consiste en retraer los dedos anular y meñique mientras se juntan los tres restantes, casi como si uno fuera italiano alabando una pasta; el ocho es como una pistola, con el pulgar y el índice apuntando en sus direcciones naturales y los otros tres contraídos en la palma de la mano; el nueve, quizás, simbolice una grosería en alguna otra latitud o, en el siglo XX mexicano un “aún hay más” de Siempre en domingo, con una especie de “c” formada por pulgar e índice; y el diez un puño cerrado, así de simple y sofisticadamente estos cuates engloban conceptos ancestrales.




Pero Shanghái es también presente, mucho, y futuro, quizás más, y para muestra el área financiera, el malecón lleno de rascacielos desmedidos y escandalosos; con su toro réplica de WallStreet y sus bancos enormes que mezclan art decó y cristales reflejantes. Lo recorrimos de día, entre la lluvia, y de noche, en medio de la neblina coludida con los edificios para hacerlos aún más imponentes. Una antena futurista con tres circunferencias neones, la Perla Oriental, nos fue guiando en el desconcierto cuando confundimos un Hyatt por otro y a punto estuvimos de perder nuestra reservación en el que, según Trip Advisor©, era el mejor restaurante de la ciudad. Había que ordenar con tres días de antelación para marinar la comida con suficiente tiempo y nos quedara de por vida el recuerdo rápido del chicharrón de pato con azúcar. Y, como somos jóvenes de corazón, de allí nos fuimos a un bar de altura en donde Gangnam Style y suficientes expats nos hicieron notar que aquello era más pal deleite internacional que diversión local, quizás en metáfora de la ciudad misma. Tal vez contagiado del espíritu de las muy cercanas concesiones internacionales que se dieron cita en el siglo XIX y que dejaron su arquitectura y costumbres plasmadas en parques, avenidas y cafés mímicas nada apologéticas de lo-europeo que, de no ser por los olores o cierta biología, bien se confundirían con Polanco o el Barrio Latino parisino.    

sábado, agosto 03, 2013

280


I
Estoy preocupado, anunció el doctor mientras la mano de tu papá encontraba mi frío y entre ambos tratábamos de calmar el miedo que desde entonces se nos instaló. No veo un latido, continuó sin desviar su mirada del aparato que te reflejaba flotando sin voluntad en mi panza. No veo el latido, insistió en su impecable construcción gramatical que me estalla en la metáfora porque los latidos se escuchan, se sienten, no se ven. Eso pensaba mientras tu drama me recorría la espina vertebral. Contigo, semanas antes, supe por primera vez lo importante que era ver al corazón en movimiento; nos daba certeza de que ERAS. Pero esa tarde, mientras el doctor movía el aparato que espiaba tu cuerpo aquí adentro, sólo pude inútilmente inhalar hondo e intentar concentrarme en donde creía que estabas; respirar fuerte, como tratando de despertarte del que sería tu irremediable sueño eterno. Una parte ingenua de mí sentía que, cambiando de posición o dirigiendo toda mi concentración hasta tu cuerpo, de pronto empezarías a nadar como te había visto hacer antes. Por favor, muévete, te daba órdenes como la mamá que ya me empezaba a creer. Intenté todo para demostrarle al doctor que estabas bien, que sólo dormías, pero todos sabíamos que ya no había más, y que sólo se podría regresar el tiempo con lamentaciones: ¿hice algo mal, qué hice mal, doctor?

II

It’s a blessing in disguise,’ me dijeron mientras los ojos se me hinchaban de sal. Sonreí negando internamente, esto jamás podrá ser una bendición, pero repetí la sentencia cuando les informé a tus abuelos que sí, que ‘Dios escribe recto en líneas torcidas’ y que algo bueno habría detrás de tu partida. Fui tu cuna y tu tumba. Tu eternidad sólo conoció mi mundo y, mientras yo pensaba que nadabas en mí, tu entidad diminuta se conformaba con flotar en algún recoveco de mi cuerpo que no te ha querido soltar, que meses después de que me operaran para sacar tus tres centímetros, mi sistema todavía cree que me habitas y no se quiere dar cuenta de que hace mucho, mucho tiempo, tu corazón recién estrenado dejó de latir.

III

Cuando un pedazo de plástico me indicó con los puntos seguiditos que tu presencia era real, y no sólo elucubraciones de mi mente que te deseaba tanto, no pude llorar. Lloramos, eso sí, cuando le di la noticia a tu papá y nos abrazamos. Tal vez, de haber sabido que lloraría tanto tu partida hubiera llorado más tu anuncio, hubiera llorado todo el tiempo de tu ser como para contrarrestar el diluvio que ha sido tu no-ser. Y es que este llanto va con todo el cuerpo, como si tu alma se me estuviera escapando de a poquito por los ojos.

IV

Estoy cansada, en el día me absorbo en tu situación y en las noches no puedo dormir. Y quisiera tener fe, quisiera pensar, como los budistas, que tu espíritu reencarnará y que nos hemos de encontrar en otras circunstancias; o, quizás, que ya estás a un segundo del Nirvana por aparecerte en nuestras vidas y generar tanto amor simplemente por empezar a ser. En cambio sólo puedo enfrascarme en esta fe pontificia que me creció y me obligó a entenderte desde el primer instante como imagen de mi Dios; esta fe que te dio espíritu divino y al mismo tiempo te envía a algún lugar a purgar no sé qué cosas. Prefiero no creer en eso y me gustaría mejor inventarme un dios postmoderno de bolsillo que me permitiera no hacer caso de mis dogmas que me estancan en el dolor. Tal vez por eso me ha costado sonreír en estos días y estoy como estoy: vacía, de emociones, de ti. Luego creo que nada pasó, pero las contracciones rojas y la marca verde de la intravenosa me gritan que esto es real, que no te soñé, que ¿naciste? y moriste en mi centro y por eso me duele hasta el ombligo. Un mecanismo de defensa me grita que tengo que ser fuerte mientras te hunde en el olvido de lo que no fuiste. Y entonces no tengo más remedio que omitirme el luto, obligándome a evaporar las últimas lágrimas que debían recordarme al bebé que quise que fueras con las expectativas de la madre que no fui.

V

Hoy llegaron los resultados de tus análisis. Hoy sé que el camino de tu cuerpo acabó en algún laboratorio de John Hopkins donde elucidaron el diagnóstico que todavía me cuesta trabajo digerir porque yo no sabía que el embarazo podía causar cáncer. Sí, algo había leído en los libros que guían semana a semana el proceso, pero había preferido saltarme las páginas en las que explican las cosas que pueden salir mal; esos capítulos donde mencionan los casos raros como el embarazo molar parcial. Todos insisten y preguntan, dicen que nunca habían escuchado de eso y a mí me sale la grosería por cansancio, porque yo tampoco entiendo bien. Me dan ganas de contestarles que por supuesto que no saben porque esto pasa en uno de cada 1,500 casos. Pero contesto lo que voy pudiendo, fastidiada. Preguntan porque no saben, como yo; y yo digo lo que quieren oír, como ellos. Todo va a salir bien, nos decimos todos más para acabar la conversación que para darnos certidumbre. Sé que, como yo, muchos buscan saltarse las páginas incómodas de los libros, y yo, con este diagnóstico de espera y miedos, me he convertido en eso: una incomodidad. Es mejor, bien dicen que el verdadero dolor es el que se vive sin testigos.

VI

El diagnóstico, al menos, deshilvana el tormento de culpas que me iba inventando. Enfermedad trofoblástica gestacional, la lotería inversa que sólo demuestra que la aleatoriedad es así, en esta ocasión me tocó caer en el porcentaje pequeñito negativo, pero con qué cara podría reclamar –a quién-, pues la vida no ha hecho sino rodearme de porcentajes pequeñitos positivos. Ni modo, algo sucedió de origen y no hubo negligencias, de nadie. Nada de lo que hice o pude haber hecho fue causa de tu pérdida, y eso libera; pero tampoco había algo que te hubiera podido rescatar del destino que traías escrito, y eso frustra. Mientras, yo sigo con síntomas de embarazo, nauseas crueles, groseras, que no hacen otra cosa sino recordarme que ya no estás. El dolor físico no le ayuda a la emoción. Todavía no sé qué estoy aprendiendo con esto, qué es lo que voy a ganar, algo será, pero hoy sólo puedo contar las pérdidas porque con tu partida, además, se me fue algo de inocencia.

VII

Al parecer mi cuerpo no recibió el memo y cree que sigue embarazado, lo que aumenta el malestar físico y la angustia de la cercanía con la palabra quimioterapia. Hoy debíamos estar festejando tus seis meses de gestación y yo sólo ruego no tener que iniciar con inyecciones para matar células; mis niveles de la hormona del embarazo –gonadotropina, le llaman- han ido bajando pero no me abandonan. Hace tres meses que sacaron tu cuerpo de mí y yo sigo con síntomas de embarazo, y ahora, además de las contracciones cada tres minutos, también me ha dado por comenzar con dolores premenstruales; el cóctel de la vida femenina pasa simultáneamente por mis días con el maridaje bendito de los analgésicos voraces que siempre me había negado a usar y hoy imploro. Nada más falta empezar con síntomas menopáusicos para tener el paquete completo, bromea tu papá que ha sido fuerte por los tres. Si el nivel de la hormona aumenta un poquito, o se estanca, me toca la primera dosis de quimio, me amenazan los doctores para tranquilizarme, como sabiendo que la psicología inversa es lo mío, como pensando que yo soy capaz de mover mis hormonas a mi antojo. A veces hasta da risa.

VIII

Por primera vez, después de 8 meses, mis pruebas de embarazo salen negativas y eso, irónicamente, me da felicidad. Ya no tengo ni la hormona ni nauseas constantes, sólo contracciones temporales que me empiezan a dar lo mismo porque el riesgo de que se generen tumores cancerígenos es bajo; igual he de ir cada mes durante un año a revisiones, ultrasonidos –diosmeoiga- vacíos y sangre para análisis, pero quejarme es un lujo bajo este escenario, así que me resigno estoicamente a entender que un hijo no es de uno, muy a pesar del posesivo. Quizás lo que me tocaba aprender era que los seres no tienen propiedad, y así como hay existencias que duran cientos de años, hay otras que se quedan en el límite del trimestre. “You belong neither to God nor the state nor me. You belong to yourself and no one else“, le escribió a su hijo no nacido Oriana Falacci y no me queda sino estar de acuerdo. Tú no eras mi bebé, tú eras tuyo y ya. Alguien muy sabio dijo que la fortuna no arrebata sino lo que dio. Me sigues doliendo, pero ya no se me nota; ya puedo ver a otros bebés y sonreír porque sí, porque por fin entiendo que no fuiste una afrenta evolutiva. Eso sí: todavía me molestan las embarazadas que se quejan por náuseas o por no poder tomar alcohol (¡!). Y, aunque creo que ya soy más tolerante a la falta de tacto, insisto en la importancia de una campaña para prohibir preguntas estilo y-ustedes-para-cuándo, o comentarios del tipo ni-lo-estábamos-planeando.

IX

Hoy estaba programada tu llegada y quise venir a despedirme. Y, aunque sé que tu presencia será una constante en mi andar, por fin tengo fuerzas para dejarte ir. Tal vez nunca sepa cuál fue tu propósito. Tal vez siempre se me achique el corazón cuando piense que tu vida nunca conoció el mar, la voz de tu papá, el abrazo de tus abuelos o las risas de tus tíos. Tal vez la parábola está en repetirme hasta el cansancio que ser un padre consiste en enseñar a vivir sin uno, y al revés, a aprender eso, que los hijos llegan cuando quieren y se van cuando necesitan. No lo sé, y tal vez nunca sepa por qué fuiste y no.

***

He escuchado que a los bebés que nacen después de que sus padres perdieron un embarazo se les llama bebés arcoíris. Entiendo que es un paralelismo con la idea de que después de una tormenta llega algo maravilloso, pero no me gusta el concepto porque es injusto para ti y para tus hermanos en potencia: aceptarlo así sería confinarte en tempestad y agregarles equipaje a otras energías. Prefiero entenderte también como luces, porque tus pocos días cambiaron profundamente mi existencia y me ayudaron a poner mis miedos en perspectiva, y sólo por eso me queda estarte agradecida eternamente, hasta siempre.

domingo, octubre 07, 2012

La llave del Caribe


Mi abuela estaba orgullosa de que, en el comedor de su casa, la Guerra Fría de finales de los setenta no era sino una comedia familiar. Con dos de sus nietos apoderados de la mesa y ejemplificando la incoherencia: mi hermano gringo de dos años batallando en su español machucado de inglés y mi primahermana habanera ordenando ‘oiga, compañera’ desde su autoridad infantil. En ese contexto vine al mundo. Y así fue como, veinte años después, me dio por invertir un verano y dos materias en Cuba, y llegué con mi grupo de la universidad al aeropuerto de La Habana a causar gracia: “Estos son los que vienen a ‘estudiar’ la materia Relación EstadosUnidos-Cuba”, decía alguien en migración mientras otro respondía, “pues su materia durará un segundo, ¿o qué a ustedes nadie les avisó que no existe tal cosa?”. Éramos el hazmerreír de las aduanas, con nuestras maletas cargadas de lápices, plumas, pastas de dientes y demás menesteres diarios que nos advirtieron servirían de moneda de cambio. Y nuestras esperanzas de que aquélla sería una aventura llena de azúcar y mojitos y salsa y clichés.  
A los 20 años Castro ya había emprendido su primera expedición para derrocar a un dictador vecino, El Trujillo que yo había conocido solamente por prosa de Vargas Llosa. Yo, en cambio, a los 20 años ya me había puesto y quitado playeras del Ché y mi interés social se consumaba en bares, no en revoluciones. Aún así sentía que necesitaba conocer la Cuba de la que hablaba con entusiasmo mi tío el revolucionario, la Cuba que me siguió explicando con añoranza y rencor la gran amiga pinareña que hice en Madrid a los 16: la Cuba de Fidel. Y sentía que le debía a mi abuela mi percepción de la Cuba que ella no conoció bien porque emigró del país que la vio nacer en los años cuarentas.
No me acuerdo del ballet acuático de El Nacional ni del Tropicana, pero jamás olvidaré las tardes eternas de fila para los cinco minutos que duraban sin derretirse las nieves en Coppelia. Y, frente a la heladería más grande, discriminatoria y deliciosa que ha pasado por mi existencia, el cine más plural y democrático que se haya conocido. Fue allí donde, por única vez he visto a las personas interactuar con la pantalla: aplaudían, gritaban, daban órdenes a los actores y a mí me cobraban a precio de cubana. A los cubanos se les hacía fácil verme cara de nativa, y a mí se me hacía fácil imitar un acento con el que crecí. Mis amigos lo disfrutaban y se reían a mis espaldas, pero cuando llegaba con 5 boletos de cine a precios locales y no de turistas, nuestra vida de estudiantes me lo agradecía. Y mis amigos también disfrutaban cuando por política estatal sólo a mí me pedían el pasaporte. Con la cara de connacional iba incluida una triste premisa: una jovencita en el coche con extranjeros sólo podía cobrar. No, oficial, no soy jinetera, soy mexicana, explicaba alimentando el absurdo. Un día, incluso, tuve que cantarle a un policía nacional el himno mexicano, imitar a Cantinflas y recitar lo que me acordaba de la historia de México mientras mi amiga iba al hotel por mi pasaporte. Patria o muerte, dictaba la consigna del anuncio espectacular con la imagen de Camilo Cienfuegos mientras el poli me interrogaba.
No me acuerdo bien de Varadero, o de la Fortaleza del Morro; pero recuerdo un bar de jazz con nombre de personajes de fábula y un antro en el que predominaban oriundos y los extranjeros éramos poco menos que minoría. El hombre que, en el centro cultural donde estudiábamos nos cobraba 50 centavos de dólar por los expresos, nos había llevado a conocer la verdadera fiesta habanera. Fue así como, al calor de tres refrescos bautizados con ron adulterado, amistamos con las niñas que esa noche no trabajaban en la zona turística y hacían fila junto con nosotras en el baño -como en todo el mundo, capitalista, socialista, de primer o tercer nivel, los baños de mujeres siempre escasean y no hay quien defienda nuestro derecho a hacer pipí dignamente. Alguna del grupo mexicano le preguntó a la chiquita que estaba frente a mí por qué se prostituía si estudiaba la universidad como nosotras y no se veía con algún problema nutricional, ella, sonriendo, tomó mi blusa con su mano derecha y con la izquierda la señaló: para poder tener lujos como esto, dijo y nos calló cualquier otra moralidad. Y la imagen del Ché en la pared frente al bar nos recordaba: sigues en el corazón del pueblo.
También me acuerdo de la tarde en la que compré, en una pastelería francesa de la zona turística donde vivía, un flan que llegaría casi descuajado después de una hora de caminata a 40 grados por la avenida 23 y que encontré como única cortesía a la invitación a cenar que me habían agendado antes de llegar a Cuba. Para esas alturas del viaje ya les había tomado aversión a los taxis después de haber sido casi expulsada de un Moscovitch del ‘70 una tarde lluviosa de resbalones por el Malecón. Tuve la intención de tomar coger una guagua, pero como yo, el plan era generalizado y el sobrecupo me invitó a seguir caminando. Cuando llegué a la casa de la-mamá-del-sobrino-de-mi-primahermana lo primero que vi fue al niño jugando con mi primer Nintendo, el que mi hermano y yo estrenamos y desechamos cuando una nueva versión salió. No era la opulencia del Barrio de Miramar ni por casualidad, sin embargo la casa se veía cuidada y respetada por el tiempo. La familia de Miami, de ella; la familia del hermano de mi primahermana, de México, eran variables clave en la ecuación. Ella, una de las pocas de su generación que escapó al futuro de tener un nombre ruso tropicalizado, estudió su doctorado en computación en Moscú. Se oía imponente, pero impotente era la sensación que dejaba saber que su salario mensual era de 13 dólares; en cambio su primo, quien no había terminado el bachillerato –obligatorio por el Estado, por cierto-, ganaba eso por 3 maletas cargadas en el Hotel Plaza, y seguro más por las comisiones generadas en el mercado negro de puros. Las diferencias más crudas de una de las mayores quejas del capitalismo eran evidenciadas en el socialismo mal practicado que desde hacía ya rato llevaba dirigiendo la autodefinida y ensimismada “Llave del Caribe”. El ejemplo de lo que el sueño cubano tenía que ser se quedó atrás, en algún momento muy, muy antes del Periodo Especial. Esa noche terminé un poco-muy desmoralizada de Cuba y supe lo que había estado intuyendo: la utopía había cruzado la frontera de la corrupción, y eso dolía más que un gobierno a priori desleal.
Y deslealmente era como mi estómago sentía que lo estaba tratando. A las dos semanas de desayunar huevos duros o revueltos en vinagre, y de comer (en un “paladar” nada apetecible) cajitas de arroz congrí y algo como carne de cerdo, mi estómago capitalista añoraba una hamburguesa. Fue así como, à la Scarlett O’Hara, una de esas tardes infames de hambre payasa nos juramos no volver a la isla hasta que no hubiera un McDonald’s en el Malecón –o regresáramos con presupuesto de turista y no de estudiante. Lo contamos como risa y frivolidad en la recepción que nos hizo la embajada; disfrutamos también el festín de langosta y jugo de mango que nos prepararon unos campesinos cerca de Cienfuegos. Además, nuestra exageración rallaba en la grosería porque nos íbamos en unas semanas más y pronto regresaríamos a la vida cómoda; mientras, la gente en Cuba ha seguido viviendo de libretas, de que esa semana lleguen lápices o playeras iguales para todos y la proteína habrá de salir de la buena organización de las familias que han sido precavidas o de la esperanza de que el siguiente lunes llegará el pollo. Antiimperialistas, gritaban en un letrero las caricaturas de Camilo, Fidel y el Ché.
La Cuba que viví ese verano también sufría de eufemismos que daban para concurso de Pachuca, a falta de Coca-Cola imperialista, en todos lados encontrábamos Tropi-Cola o Tu-Cola; entonces nos poníamos elegantes en la pronunciación: tengo Tu-Cola bien fría en la hielera, ¿quieres Tu-Cola en el mar? Y sí, también se podría hacer un programa de comedia con las indicaciones que uno recibe cuando viaja en coche por los caminos cubanos. Disculpe, ¿sabe cómo llego a Santa Clara?, pregunta uno ilusamente para obtener a un primer entusiasta: puej coge todo rejto, rejto unas 2.4 millas hajta que vea una fuente, una fuente con agua que hace shshsh y allí vira a la derecha y va a ver una casa azulazul como el cielo y allí en esa casa va a está don Manuel en su mecedora, allí le pide indicacionea don Manue. 2.4 millas después, una fuente y una caza azulazul como el cielo, don Manuel nos indicaba: ah, para Santa Clara tienen que cogé todo rejto, rejto y van a pasá un paque, un paque con niño' jugando con la pelota y el paque todo vedevede, despué viran a la izquieda hata que den con una glorieta y tienen que vira y vira y vira la glorieta –y don Manuel viraba y viraba y viraba mientras nos indicaba-, allí va a habe… ad infinitum. O un reality show barato cuando nos dimos cuenta, en medio de una tarde selvática, cómo a nuestros coches rentados les habían modificado el medidor de gasolina y, cuando creíamos que la reserva entraba en funciones era que ya estábamos en ceros. A mí no me hablaban Eleguá o Yemanyá, era Oshún quien me regía, me dijo la santera que me leyó los caracoles. Esa tarde, mientras junto a mi amiga terminé compartiendo lugar con unas pacas de paja en una carreta que nos dirigía a la gasolinera más cercana de aquél reparto selvático, le recé caridades a Oshún y le canté canciones de HombresG. Algo le habrá parecido bien a la orisha pues ahora nos reímos de la aventura como anécdota. Y también nos reímos de cuando la otra dejó las llaves del coche adentro en Playa Girón y sentíamos que íbamos a morir de mosquitos porque en el fondo Kennedy no nos caía tan mal.
Lo que no nos dio risa fue habernos despertado tarde para el evento que teníamos programado desde siempre. Fidel hablaría esa mañana de finales de junio de 2001 relativamente cerca de nuestro hotel y, como se sabía, sus discursos eran casi tan duraderos como su vida en el poder, así que tomamos las cosas con calma. Yo era la segunda en bañarme y, mientras estaba en la regadera alcancé a escuchar el alboroto, era como si toda La Habana, toda Cuba se hubiera paralizado con el acontecimiento. Salí como me he acostumbrado en México a salir de la regadera cuando tiembla y encontré a mis amigas-roomies pálidas como yo: Fidel se desmayó. Era su primera muestra de debilidad física pública y la primera vez que un discurso se quedaba paralizado (así como la arquitectura de su país y la doctrina que ha impartido). Firmeza y coraje, repetían los letreros en una carretera cercana. Eso es lo único, tal vez. De Cuba también recuerdo los flashazos como aquél del salón de la Universidad de la Habana donde nos dieron la clase sobre el aborto y la escasa mortalidad materna salud pública y las verdaderas bondades que muchos aplaudimos como derecho humano; allí, una imagen del Ché colgaba a la misma altura en la cual en mi colegio las monjas habían colocado un crucifijo. Doctrinas, ritmos, muchos colores y una señora exigiéndome en la calle que le diera mi chamarra de mezclilla. ¿Por qué?, la enfrenté con la valentía que me dio estar rodeada de 16 personas que hubieran saltado en mi favor. Porque yo no tengo una, me respondió. Pero si te la doy yo ya no voy a tener, le respondí más por necia que por querer razonar: ya estaba escrito que esa chamarra no regresaría conmigo a México. Un cocotaxi; un concierto cerca del Capitolio; el carnaval en Trinidad del Sancti Spiritus; mi interrupción involuntaria y de pena propia y ajena en la filmación de un programa de televisión estatal; la cruda que sostengo por las cajetillas de Romeo y Julieta que consumieron mis pulmones y el ambiente; el sacrificio de palomas de los santeros en la Habana Vieja; Compay Segundo cantando Chan Chan mientras bailo con mi amigo el del espíritu revolucionario y comprometido que dejó hasta el cuerpo en África hace 3 años, casi como el Ché hace 45 en Bolivia; y el letrero con la foto inmortal del segundo: “Tu ejemplo y tus ideas perduran”.

domingo, junio 03, 2012

Un siglo



A mi abuela Luisa la he llorado más de adulta que de niña. La de ella fue la primera pérdida de alguien cercano a mi vida diaria y a mi corazón. No lloré cuando nos dijeron que su cuerpo había dejado de sufrir y que ya estaba descansando, en parte porque no entendía, porque no tenía la capacidad para asimilar un concepto que hasta ese momento desconocía. Vi las lágrimas de mi hermano y fue entonces cuando algo dentro se desmoronó. Pero yo, que lloro a la menor provocación con anuncios de la tele o en los zoológicos, fui incapaz de encontrarle humedad al dolor de esa mañana de finales de diciembre. Luego pensé en mi mamá y la primera angustia real recorrió mis diez años de edad: en la muerte de mi abuela sólo mis vivos me pasaron por la mente.
Con el tiempo fui creciendo el duelo y es así como de pronto me da por invocar el brocado de su eterna bata gris que recuerdo mal porque era azul; sus lentes colgados del cuello; sus canas distraídas y a medias. Mi abuela anunciaba su presencia con el sonido incansable de sus llaves pegadas al corazón: la clave para abrir el tesoro de su clóset repleto de kitkats y maravillas que resultaban impensables en la prehistórica existencia prelibrecomercio™ de mi niñez. Jamás me negó un capricho, al contrario, le gustaba que fuera flaca y que comiera chocolate sin medida. Me defendía porque yo era necia hasta en mis hábitos alimenticios. Nos caíamos bien y ésa es una de las pocas certezas que he tenido en la vida. Leguleya, me decía sin que yo le encontrara importancia a la sentencia.

Mis abuelas eran artistas y era un placer verlas trabajar. El último vestido que hizo mamá Luisa fue el de mi primera comunión. Y uno de los talentos de mi abuela era su capacidad absoluta para lograr que cualquiera se sintiera hermosa, hasta su nieta chimuela cuyo corte à la Heidi había dejado casi pelona; pero ese vestido era un sueño que, inconsciente e infructuosamente, quise emular 20 años después para mi boda. En el garage -como ellas le decían a su taller de alta costura- un radio gris y maltrecho acompañaba los silbidos indescifrables de mis abuelas. No les gustaba que los niños tomaran café, pero a los nueve años, cuando me hacían las últimas pruebas del vestido, supliqué y accedieron. Más de dos décadas después yo sigo sin saber silbar pero mantengo el vergonzoso vicio de sopear galletas saladas en los expresos disfrazados de “buchitos” cubanos. Y ahora, sobre todo cuando llueve, me da por extrañar esas tardes que me enseñaron el placer de tomar un café entre mujeres.

Mi abuela también tenía errores y su concepto de refresco era una decepción que iba del agua de limón a la de jamaica; jamás una Coca-Cola -veneno de enfermos y anhelo de nietos. Para ella todo tenía solución con comida: cuando la loca del parque me tiró de la bicicleta, pan sin migajón; cuando me enterré la aguja en la rodilla y me tuvieron que llevar al hospital, leche; cuando la pelea de perros, queso; para el dolor de cabeza, cualquier fruta; y, para las mascotas de sus nietos, uvas. Y eso, una de las tardes de café resultó en la llegada de mi primera mascota. Las historias de doña Luisa y su adorada maltesa blanca se convirtieron en la obsesión de mi mente infantil y le rogaba al mundo porque algún día yo también pudiera ser amiga de un bichito y pintar sus uñas de rojo. El sábado que Medu ingresó a la familia fue producto de una coincidencia y la insistencia en un trato que le imploré desde siempre a mi mamá: si y sólo si encontrábamos una perrita como la que tuvo mi abuela en su juventud, podríamos adoptar a un animalito. Era el día de comida familiar en casa de mis abuelas y yo tenía una segunda ilusión, no veía la hora de poder presentar a Medu con mi tía abuela Luisa: se adoraron desde el primer instante y entonces sí me prohibió tajantemente pintarle las uñas pues esos arrebatos correspondían a profesionales como ella. Tan bien me conocía que hasta ayer he sido incapaz de pintar mis propias uñas sin ocasionar daños endógenos o al mobiliario cercano.
Mamá Luisa soñaba premoniciones y justicia social. Cuando el postre llegaba a la mesa de las comidas familiares, los nietos sabíamos que era nuestro momento de huir para inventar un parque de diversiones en el cuarto de las abuelas o una nave espacial en el desván del taller. Entonces los adultos gritaban, debatían, intentaban arreglar un mundo que yo desconocía; la voz más fuerte era la de ella y su lucidez se pronunciaba en la mejor mezcla de acento cubano-asturiano-mexicano que se ha escuchado jamás. Años después de su partida viví en sus tres tierras y en ninguno de los lugares pude distinguir sus tonos; la señora se las había ingeniado para crear su propia melodía que al día de hoy ronda todavía ligada a mi concepto de infancia.
Mi mamá Luisa cumple 100 años. Cumpliría, dicen quienes creen que ya no está aquí. Yo creo, como ella, que todos nos quedamos de una u otra forma, que somos un ciclo que se apaga para volver a encenderse. Polvo químico, tabiques de planetas, estrellas, algo. Y su luz -su magia blanca- sigue brillando tanto que cuesta trabajo no sentirla bajando las escaleras de mármol negro o cuando el viento silba algún bolero.

miércoles, mayo 23, 2012

Acechante


Lo esperaba, lo anhelaba todas las mañanas; también por las tardes cuando el sol y la faena de oficina conjugaban sus ganas de irse a descansar. Allí seguía ella, alimentada por el deseo de alegrar la rutina semanal con esa presencia que de tan ajena ya le resultaba hasta propia. Qué podía hacer si se había enamorado sin razón y con mucha fe, como debía ser. Vivía esclavizada de la sonrisa mal dirigida del tipo que trabajaba en el edificio de enfrente, a un cruce de calle.  Eran pocos segundos cada vez, quizás -con suerte- minutos enteros, pero eso bastaba para darle sentido a la ilusión y al suéter que iba tejiendo en la mente para poder ponérselo cuando se atreviera a conocerlo de verdad.
Él estacionaba el coche frente a la ventana que ella había atesorado como prisión de su fantasía y era entonces cuando podía hasta olerlo. Él, inasible, iba y venía con la rutina. Y así, con la inercia del día a día, a ella las noches le parecían imposibles y crueles. Por eso sus bonos laborales, si se hubieran medido en horas físicas, habrían aumentado desde el otoño en que él surgió por primera vez en su panorama. Empezó a ser la primera en llegar al trabajo, la última en irse. Tenía que verlo llegar como quien aspira al café de la mañana para dar sustento a la energía. Lo veía irse, también, con la esperanza de que un día algo cambiara y él regresara por ella, como habían sugerido sus sueños. Pero llegaba el fin de semana y se le caía el guión. Por eso añoraba, como nadie más, los benditos lunes. 
No es entonces coincidencia que haya sido un lunes cuando sucedió lo improbable. Él, oliendo a mañana fresca, con un movimiento ligero de cabeza en forma de saludo ocasionó que el corazón cambiara de lugar con el estómago. Entonces ella no tuvo más remedio que asimilar la sentencia con dignidad y, tal vez, un poco de entusiasmo porque no había más: él sería su perdición. Fue un gran día, la mañana transcurrió más lenta que su pulso, pero su determinación era irrevocable: esa tarde se quitaría el miedo y hablaría con él por primera vez. Desde luego no escatimó en decibeles cuando vio al otro tipo acercarse a la escena que sólo le pertenecía a su amado. Era claro que se trataba de un ladrón amateur cuya insipiencia le había ofuscado la visión de la ventana. No había calculado que ella vigilaba aquel coche como si fuera una extensión de su amor; aunque difícilmente alguien hubiera podido advertir la obsesión que se había formado detrás de esos cristales siempre abiertos a la esperanza. ¡Ladrón!, fue la última parte del discurso pues la combinación de esas seis letras sólo alertó al individuo que no tuvo más atine que proyectar su sorpresa hacia la vocecita que calló al instante.
Su cuerpo fue encontrado la mañana siguiente. La autopsia incluía tres dictámenes en orden indistinto: al menos 5 horas, instantánea, calibre 22. En la oficina cada quien generó su propia historia: que si había sido víctima de un posible asalto; que si una bala perdida; que si algún amante frustrado; incluso alguien, seguramente de una entidad oficial, mencionó ajustes y cuentas.
Él jamás se enteró, pero siempre se preguntó qué habría sido de aquella mujer que lo observaba, a veces, desde la ventana de enfrente. Algún día tomaría valor para preguntar por ella y, quizás, invitarla a salir.

*** 

jueves, marzo 01, 2012

Inteligencia no restringida

Lloré como idiota, tal vez buscando recrear el mar en el que los he visto, quizás en tono de culpabilidad por ser parte de una comunidad humana que no ha sido justa ni consigo misma -mucho menos con otras especies. Sí, sí, también pudieron ser las hormonas, pero nadie me puede quitar el sentimiento de asombro al saber que las ballenas del Ártico, muchas con más de 200 años de edad, huyen de los humanos porque tienen memoria de aquellas expediciones para arponearlas. Una de ellas, decía el documental que duró 3 horas disfrazadas de segundos, tenía todavía incrustado un hierro horrendo de los que se usaban para cazarlas a finales del siglo XIX. Llámenme intolerante, pero no aceptaré que nadie me diga que estos gigantes no tienen un lenguaje y una socialización mucho más intensa que los que yo tengo con mis compañeros de clase. Yo, que a veces no logro acordarme de lo que hice hace unos días, tengo todo el derecho del mundo a estar admiradísima de la capacidad de recordación y asociación de estos bichos.

Y todavía hay quienes cazan ballenas, hoy. Y todavía hay quienes creen que estos animalitos no son inteligentes.


Watch The Oldest Mammal on the Planet on PBS. See more from Nature.



Cuenta la leyenda –y ella misma- que una prima de mi papá, paseando en el Pacífico, se cayó de la lancha (hasta aquí parece como entrada de chiste tragedioso, pero denme chance). Una vez en el mar, la pobre no se dio cuenta ni cómo, pero un delfín la empezó a empujar hacia la orilla –que no estaba tan cerca como para verse desde donde había acuatizado. Y así, espiraculazo tras espiraculazo, la tía arenizó y el delfín regresó a su día normal, dejando a media humanidad vacacionista en estado de perplejidad absoluta.
       
Al documental, no contento con haberme hecho llorar, le dio por ilustrar las irredentas maravillas que los delfines son capaces de hacer más allá de SeaWorld. Como aquello de verse e identificarse en el espejo: “self-awareness”, como se le conoce. Una exclusiva que muchos creían solo asociada con los humanos, y tómala. Además, así como si fuera poco, hay una bandita de delfines en Florida que ha creado una logística de pesca que ya quisiera cualquier industria naval; para capturar a los pececillos del desayuno generan figuras de arena en donde el pez se desorienta,  salta y…, ya sé, es triste, cadena alimenticia, le dicen. Bueno, ejemplos miles. Y aún así hay quienes hoy, hoy, hoy, siguen ma(ltra)tando delfines.

 
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Yo, tal vez por asociación ballenesca o sí, sí, igual por justificaciones femeninas, me acordé de Zelda, la pobre incauta que tuvo a bien nacer en mi cuarto 20 años antes. Mi Zeldi siempre fue torpe. Se comportaba muy de acuerdo a su papel de animal casero consentido. Su jurisdicción, claro está, la llevaba a adueñarse de mi cama como si fuera yo la usurpadora, y se subía sin importar si mi existencia ya estaba tendida. A veces aterrizaba en mi estómago y yo no atinaba a gritarle a tiempo pues, para cuando me daba cuenta, el aire se me había disipado hasta de las neuronas; en otras ocasiones sus patas daban justo con mi talón de Aquiles, pero su carita era suficiente remedio para ahuyentar cualquier ira y, al final, las dos encontrábamos territorio neutro en el cual soñar hasta mañana.   

Pero no es cierto, la estoy difamando porque no siempre fue torpe. Meses antes de despedirse, cuando a mí me diagnosticaron una enfermedad de gente muy, muy adulta, ella ya lo sabía. Y me lamía las rodillas, los tobillos y se fijaba; ya no saltaba sin dirección, se subía a la cama con cuidado y se quedaba cerca de mí, pero alejada. Superó, con creces, cualquier grado de inteligencia de mi parte: yo no supe cuándo se enfermó, y entonces la torpe fui yo que no acerté ningún movimiento para hacerla sentir mejor.

Y todavía, hoy, hay quienes creen que los animales no son brillantes.