domingo, diciembre 19, 2004

A un paso de quemar las naves

Primero me sentía contenta porque el año se estaba acabando. Me encontraba básicamente furiosa con él porque creía que había sido el peor de mi vida y pensaba también que, como si fuera una maldición, en cuanto llegara el 2005, la vida sería color de rosa otra vez. ¿Otra vez?
Cumplí veinticuatro años en medio de una depresión persistente y una confusión existencial absurda por mis ideas de escuincla cuando creía que en cuanto cumpliera esa edad, mi vida perfecta al estilo Flans estaría resuelta, con mi Caribe roja y mis amigas trepadas cantando “corre, corre, corre...” en medio de los súper copetones y el maquillaje eléctrico naranja fosforescente; con la carrera terminada y siendo una reportera intrépida tipo Erika Buenfil en “Amor en Silencio” o de perdida como Sandybell; con mi príncipe azul mezcla de Anthony y Terry de “Candy” o si me iba mal con el remix de Brandon y Dylan de “Beverly Hills 90210”. Llegué a los veinticuatro sin Caribe, sin carrera y sin príncipe azul. Cuando era chiquita no imaginaba una edad más allá de esa, dividía en ciclos importantes mi futuro, cuando cumpliera doce, luego dieciséis, veinte y veinticuatro. Mi existencia había sido muy predecible hasta el pasado junio cuando por primera vez sufrí una crisis de subsistencia y recordaba al profesor -amado por las niñas y detestado por los pocos niños que había en la carrera- diciendo en tono de broma hace casi dos años: “Evita no sólo conquistó a un país a los veintitrés sino que conquistó al mundo y ustedes ni siquiera pueden conquistar a un hombre”.
En medio de mi propia debacle, a mis tres hermanos les dio por emigrar al mismo tiempo; a mí me dio por enfermarme y tener algunos que otros fracasos académicos y “profesionales”; varias personas que quiero mucho sufrieron y muchas cosas que eran sólidas en mi existencia se fueron tumbando poco a poquito. Para colmo de males y de manera radicalmente distinta, perdí a los dos únicos hombres que he amado; tal vez como en plan de diva los sentía muy seguros a los dos y jamás me había planteado la posibilidad de que dejaran de ser míos y no sé si algún día pueda entender y superar la pérdida del primero, este año al menos no lo he logrado. Y lo más triste de todo fue la despedida de ese señor que quisimos mucho y que hasta el día anterior siguió diciendo que se sentía bien.
Mientras más se acercaba el fin de año yo me iba sintiendo como dentro de las descripciones de la luz al final del túnel. Luego un día desperté y la perspectiva negativa de mi causa empezó a transformarse, incluso hasta como mecanismo de defensa. Creo que la mayor parte de 2004 me la pasé deprimida o al borde de la depresión por las cosas que pasaban a mi alrededor; con la gente que quería y veía sufrir y con mis propios traumas; dormía demasiado y ya casi no soñaba.
Se me había olvidado que me gusta ser feliz, que me gusta sonreír y creo que me faltó analizar el contexto de una manera más madura. Con la madurez que tenía cuando era chiquita y lloraba mucho. Llorando se me olvidaba todo y al día siguiente volvía a ser la escuincla boba y feliz que extraño tanto. Cada vez me cuesta más trabajo llorar y me da miedo quedarme así porque puede llegar a afectarme en su antónimo.
Sí, sí, hubo cosas que estuvieron fuera de mi control, pero estoy tratando de aprender a través de ellas aunque sean difíciles; estoy intentando entender cuál es el mensaje y cómo puedo ser mejor a través de ese espejo (seguro es cierto lo que dice la Venegas de que por todo lo malo, algo bueno la vida te da). Hubo también otras cosas que me gané a pulso, pero ya no las estoy analizando con la perspectiva de culpabilidad que tanto me perseguía. De regalo de Navidad quiero la guía del usuario de mí misma, porque a veces ni yo me entiendo, tal vez sea porque soy Géminis y así dicen que somos, que tenemos una personalidad mutante (Ana vs Lucía; Smeagol vs Golum; Melanie Hamilton vs Scarlett O’Hara). Hay ocasiones en las que mi ego rosa se reconforta con su sola presencia y me amo y me considero la mejor compañía, pero hay otras en las que me enojo con mi propio ser.
La vida se pone pesada a ratitos y luego yo poniéndole mala cara, ¡qué combinación! Lo bonito sería lograr un equilibrio que maximizara la función de la felicidad (¡pero qué bonito es lo bonito, lástima que sea pecado!) Por lo pronto este año me hizo ver mi error. Ni los meses ni los años tienen la culpa de las situaciones, si acaso habrá que agradecerles pues suelen traer una enseñanza oculta que sólo depende de cada uno descubrir y adaptar a su propia circunstancia. Al fin y al cabo, el único examen que realmente cuenta es el que cada quien se hace a sí mismo. Y como dice el bombonísimo Sanz: “el mejor homenaje para los que se han ido es seguir viviendo”, entonces qué mejor que hacerlo tratando de entender por qué es que nosotros seguimos aquí. Un buen consejo para 2005 es dejar de leer a Simone de Beauvoir, madre del existencialismo, se cree que el padre fue Sartre por haber sido su pareja, pero eso sólo ella lo supo, ventajas de ser mujer.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No te preocupes, verás que el año 2005 será perfecto.

Ya tiene casi seis meses que nos fuimos, se que es difícil estar sin mi, pero ya superalo.

FELICIDADES!!!
Saludos
Charlie

Anónimo dijo...

Fue un año muy dificil, desde mayo me la pase preguntandome porque las cosas habian pasado asi, ahora valoro mas lo que tengo. Estoy segura que el 2005 sera un año muy bueno 1 2 3 ANIMO, Feliz navidad!!!!
tqm
blanca

P.p. dijo...

Muy buen post, peque. Supongo que a veces uno tiene que tener una mala racha para entender las cosas que uno no quiere ni ver. Lo importante es por fin abrir los ojos. Después, las cosas son del color que uno quiera, en tu caso rosa, epero. Muchos Besos!