martes, octubre 05, 2004

100 días

Sí, ya pasaron 100 días desde que muchos de nosotros salimos de blanco a aplaudir manifestando nuestra preocupación y enojo por lo que nos está pasando. Mis recuerdos de aquel 27 son bastante confusos. Cuando salimos de la casa, tanto mis hermanos como yo veníamos prácticamente llegando de un torneo de dominó en el cual perdimos (también nos eliminaron, perdón Charlo, ja).
Haber formado parte de un evento que sin duda cambió el paradigma de la sociedad civil del país (con lo ambiguo que es el concepto), creo que nos enriqueció como personas y como mexicanos, pero aún falta mucho. Anteriormente había participado en diversas manifestaciones, todas hace más de 7 años en Madrid, pero por primera vez entendí lo que significa salir a la calle por un ideal y no sólo para perder clases -aunque ahora me da mucho gusto haber gritado tantas veces: “¡Aznar y sus bigotes, me tocan los co...nes!”-. Allá, este tipo de actitudes ciudadanas se dan por hecho entre todas las clases sociales y edades. En este México tan desigual tristemente no.
Es por eso que el que tanta gente de estratos sociales tan diferentes se identificara con un solo proyecto me pareció ya, sin caer en el conformismo pues dudo que lo sea, algo extraordinario. Lo triste es que sean las situaciones tristes las que nos hagan unirnos. Estoy convencida de que no estamos peor que nunca, pero estamos muy mal.

Y hoy ya ni me reí, se agotó mi humor negro y mi admiración por el surrealismo. Por lo general me río mucho del Peje y de sus pausas oceánicas (“o sea”), del presidente y de sus incoherencias (es imposible mencionar sólo una), del cinismo de los políticos, de los medios, de los peseros, de los taxis, de la burocracia, de la gente en la calle, de que ése sea nuestro reflejo. Me indignó y ya no me causó gracia que quienes supuestamente son los representantes de los habitantes del Distrito Federal no hayan aprendido de la gente que salió en su ciudad a marchar en junio, en silencio, por una causa, por un ideal, por un bien común, con respeto. ¿Ésos son mis representantes? Pues entonces sólo me resta pedir disculpas y recomendarles que entren al recinto, para que se identifiquen con su representante y ahí, de mi parte, le recuerden que en algún momento su mamita les cambió los pañales (si alguna vez tuvieron... pañales, claro). Por cierto, deben tener paciencia pues la página casi siempre está caída.

Y como diría mi filósofa de cabecera:
“¿No sería más progresista preguntar dónde vamos a seguir, en vez de dónde vamos a parar?”
Mafalda

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